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A Dios ni siquiera le pasó eso por la mente - 1a parte

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«La gente de Judá ha hecho el mal que yo detesto -afirma el Señor- (...), construyeron el santuario pagano [...] para quemar a sus hijos y a sus hijas en el fuego, cosa que jamás ordené ni me pasó siquiera por la mente». Jer. 7:30-31, NVI

Uriel se puso en cuclillas, arrancó unos granos tostados por el sol y tomó un puñado de tierra; lo frotó entre los dedos y lo devolvió al piso. Se levantó, preocupado. -Ya van tres años sin lluvias –murmuró el hombre que estaba a su lado No es la primera vez que ocurre. Baal está enojado -dijo, levantando las manos con impotencia—. Solo una cosa puede apaciguarlo...

—Yo ya ofrecí sacrificios -dijo Uriel, pensando en cuál sería el pecado que podía haber provocado aquello-. Ofrendé granos. Ofrendé mi primer prensado de aceite. Ofrendé mi mejor cordero... —Suspiró.

-Ah, sí, hablas de tu dios hebreo. ¿Realmente crees que te escucha?

Uriel no supo qué contestar y se alejó. ¿Sería que el Dios de Israel, al igual que Baal, exigía también el sacrificio de un ser humano por sus pecados? Los pies de Uriel golpeaban fuertemente el suelo mientras se dirigía al pueblo. A lo lejos, podía distinguirse el lugar alto del sacrificio contra el color anaranjado del cielo.

Ya en casa, se sentó a pensar. Los dioses de ellos eran diferentes al de él. Jehová raramente hablaba, pero cuando lo hacía la tierra temblaba. Al igual que los dioses cananeos, él pedía sacrificios. A veces, Uriel se sentía atraído por el culto de sus vecinos, pero nunca se había inclinado ante los dioses paganos. Justo en ese momento, su hijo, Jakim, pasó junto a él. Uriel casi llora al verlo. ¿Entregar el fruto de mi cuerpo por un error cometido en secreto? Pronto sería el festival y habría comida, baile y oraciones. ¿Tendría el valor suficiente para sacrificar a su hijo? Pensó en la madre del niño, sintió escalofríos y trato de sacar el pensamiento de su cabeza. Dina era una buena mujer. Ella no sabía nada sobre el peso de la culpa.

Pasaron los días. Su corazón se arrugaba cada vez que Jakim se subía a su regazo. No había otra alternativa. Pensaba que ni siquiera Jehová lo podía perdonar, al menos si no ofrecía ese sacrificio. Llegó el día. Uriel despertó a su hijo. Pronto ardería el fuego en el lugar alto. El fruto de mi cuerpo por los pecados, pensó Uriel.

Continuará...

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