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El rostro de Dios — 1a parte

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«¡Ah, generación incrédula! -respondió Jesús-, ¿Hasta cuándo tendré que estar con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme al muchacho». Mar. 9:19, NVI

Crecí con un padre católico no practicante y una madre judía. Durante años, leí la Biblia solo hasta Malaquías. El resto eran solo pasajes adicionales que escuchaba en alguna que otra misa católica. Yo tenía el típico concepto no cristiano de Cristo como una figura históricamente relevante que además fue un buen maestro, pero no creía que fuera el Hijo de Dios. Esto último me parecía imposible, porque «Dios es uno», es decir, no hay niveles de Dios en el judaísmo.

Vivíamos en Guam e, irónicamente, pasé once años en una escuela adventista. En cierta ocasión, en el octavo grado, me negué a completar las tareas de la clase de Biblia porque sentía que resaltaban estereotipos judíos negativos. Mi maestra entendió, pero igual obtuve una mala calificación. En la secundaria afronté a mis maestros de Biblia, refutando un versículo tras otro en un intento de vencer la doctrina adventista y el cristianismo mismo. ¿Por qué? Por los que se autodenominaban «cristianos». Yo no podía ver a los cristianos como personas en crecimiento, sino que esperaba ver en ellos la perfección que afirmaban tener.

Cada año a la academia llegaban misioneros ingenuos con un tono que me parecía altivo, puntos de vista legalistas y comportamientos que no siempre coincidían con lo que predicaban. Algunos maestros apenas eran aptos; y la iglesia y la junta escolar muchas veces tenían que castigar o expulsar a los estudiantes misioneros. Y se suponía que yo debía encontrar a Cristo en medio de toda esa locura.

Durante once años conocí todas las facetas de la escuela adventista. Sorprendentemente, tuve varios maestros que conocían mis puntos de vista y me ayudaron a crecer. Entre ellos estaba la Sra. Costello, una maestra maravillosa; y la Sra. Masilamony, una mujer muy decente de Sri Lanka, pero con acento británico. Ellas no me hablaron de la Gran Comisión, pero la practicaban. Aprendí lo que significaba ser cristiano, pero aún no quería serlo.

Durante mi último año busqué desesperadamente una universidad donde estudiar. Encontré una universidad adventista en Texas que ofrecía un programa de Comunicaciones bastante completo, pero yo vivía en Guam, a miles de kilómetros. No tenía dinero ni para llegar allí. A pesar de todas esas limitaciones, solicité ayuda financiera y me la dieron. Pero llegó el primer día de clase y yo seguía en Guam, profundamente deprimido. Entonces, la señora Masilamony llamó a mi puerta.

Continuará...

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