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Ezequías versus Senaquerib – 1a parte

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«Después de esto, Senaquerib, rey de Asiria, mientras estaba sitiando Laguis con todas sus fuerzas, envió a sus siervos a Jerusalén, a Ezequías, rey de Judá». 2 Crón. 32:9, LBLA

Los habitantes de Jerusalén estaban muy compungidos. Los tan temidos invasores asirios se habían aparecido ante la ciudad santa. Era obvio que Senaquerib debía estar muy seguro de conquistar Laquis en breve tiempo, pues de lo contrario no habría enviado a funcionarios de alto rango junto a una buena parte de su ejército. De seguro ahora comenzaría el asedio. Las fuerzas asirias rodearían Jerusalén, cavarían trincheras fortificadas y construirían rampas para sobrepasar los muros de la ciudad. Muy pronto sería imposible escapar de ella. Los honderos y arqueros bombardearían a la defensa con piedras y flechas. Los zapadores cavarían túneles bajo las murallas. Luego de que los asirios prendieran fuego a los soportes de madera que apuntalaban los techos de los túneles, estos se derrumbarían, y parte de los muros situados sobre ellos se agrietarían y colapsarían.

Otras tropas ensamblarían las máquinas de asedio. Estas máquinas eran vehículos de cuatro ruedas, fuertemente blindados, con un ariete largo con cabeza de hierro en la parte delantera. Las torres móviles se desplazaban siempre cerca de ellas. A medida que las máquinas atacaban las murallas y las puertas de la ciudad, los arqueros apostados en las torres protegían las máquinas

lio, mientras la frenética defensa se esforzaba por incendiar los dispositivos de madera.

Los ataques por lo general se realizaban tanto de día como de noche, manteniendo constantemente nerviosa a la defensa. Pocos podrían dormir debido al sonido de las trompetas, el ruido del choque de espadas y los alaridos de soldados y civiles moribundos. Cuando piedras y flechas dieran en el blanco, Jerusalén habría perdido otro soldado que no podría reponer. Y con cada muerte, la moral del pueblo se debilitaría.

Además de las fuerzas militares que rodeaban la ciudad amenazada, Asiria tenía otras armas a su favor. La comida en algún momento se agotaría en Jerusalén, y el hambre debilitaría y acabaría con sus habitantes. El estado de hacinamiento y el poco saneamiento desencadenarían enfermedades que causarían aún más muertes. Los cadáveres y la basura se acumularían hasta convertir la ciudad en un inmenso depósito de desechos malolientes. Algunas veces, los ejércitos que sitiaban una ciudad catapultaban cadáveres para desencadenar más enfermedades.

¿Permitiría Dios que el imperio asirio devastara su amada ciudad? ¿No vendría en su ayuda?

Continuará...

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