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Ezequías versus Senaquerib - 3a parte

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«¿Dónde están los dioses de Sefarvaim, de Hena y de lva? ¿Cuándo han librado ellos a Samaria de mi mano?». 2 Rey. 18:34, LBLA

A estas alturas, los funcionarios de Ezequías estaban extremadamente preocupados, sobre todo por el efecto desmoralizador que las burlas del rabsaces podrían tener sobre los habitantes de Jerusalén. El oficial asirio hablaba en hebreo en lugar de arameo (que era su propio idioma y el utilizado en la diplomacia internacional). Desesperadamente, le pidieron que se apegara al arameo, para que la gente no entendiera lo que hablaban y no se extendiera el temor por lo que estaba sucediendo. Pero el rabsaces se negó. El terror era una de las principales armas que Asiria había empleado para levantar su imperio. Con frecuencia, desollaba vivos a los prisioneros o los empalaba en estacas para asustar a los pueblos conquistados y someterlos. Pero en este caso, las palabras eran casi tan efectivas como la tortura.

Senaquerib había enviado al rabsaces para anunciar sus intenciones. El pueblo necesitaba tener claro cuál sería su destino si continuaban resistiéndose. Y el panorama no lucía nada prometedor (ver 2 Rey. 18:27). Dirigiéndose ahora directamente a los que estaban en los muros, grito: «No se dejen engañar por Ezequías; él no puede salvarlos de mi mano. [...] Ezequías quiere convencerlos de que confíen en el Señor, y les dice: "El Señor ciertamente nos salvará; él no permitirá que esta ciudad caiga en poder del rey de Asiria"» (versículos 29-30).

Continuó diciéndoles que las deidades de las demás naciones habían fallado en proteger a sus pueblos del poder de los ejércitos asirios. «¿Cuál de todos los dioses de esos países pudo salvar a su nación del poder del rey de Asiria? ¿Por qué piensan que el Señor puede salvar a Jerusalén?». Y añadió que la única opción era capitular, pues ni el poder militar ni la intervención divina podrían salvarlos (versículo 35).

Senaquerib no solo desafiaba al Dios de Israel, sino que actuaba como si fuera un dios rival. Cuando prometió que los habitantes de Judá comerían de sus propias vides e higueras y beberían de sus propias cisternas, estaba parodiando Deuteronomio 8: 7-9. Estos eran símbolos de seguridad, vida y fertilidad, cosas que solo Dios podía suministrar. Sus palabras eran jactanciosas: «Su Dios no les puede dar nada de esto, pero yo sí».

La situación era desesperada. Parecía no haber salida. Rasgando sus vestimentas, los funcionarios de Ezequías regresaron cabizbajos a informar a su rey. ¿Qué podían decirle? ¿Acaso su Dios los había abandonado?

Continuará...

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