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Ezequías versus Senaquerib — 5a parte

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«Aquella misma noche el ángel del Señor fue y mató a ciento ochenta y cinco mil hombres del campamento asirio». 2 Rey. 19:35

Ezequías no tuvo que esperar mucho antes de recibir la respuesta de Dios a su oración, en la que pedía que Jerusalén fuera librada del ataque de Senaquerib. Dios reconoció a través de su profeta Isaías: «Senaquerib tiene razón en parte, cuando afirma que ha sido mi agente de destrucción. Se jacta de toda la devastación que ha hecho. Si bien puedo usarlo para cumplir mi voluntad, no debe emplear ese hecho para burlarse de mí. Su orgullo y arrogancia no tienen excusa. Soy completamente consciente de lo que está haciendo el rey asirio. Y su desagravio no puede quedar impune. Tal como lo hizo con sus propios prisioneros, le pondré el anzuelo en la nariz, y cuando lo muerda, lo arrastraré de regreso a Asiria. No tendrá oportunidad de asediar Jerusalén» (ver 2 Reyes 19:21-34).

Dios cumplió su promesa de librar a Jerusalén de los asirios. En el mundo antiguo existían condiciones sanitarias muy primitivas, por lo que cada vez que se aglomeraban grupos grandes de personas se desataban brotes de enfermedades infecciosas. El riesgo de enfermedad era una amenaza latente para los ejércitos que asediaban una ciudad, y no solo para ellos, sino también para sus habitantes. Pero la mortandad que sobrevino sobre el ejército asirio no puede explicarse solo por eso. Senaquerib se vio obligado a abandonar Jerusalén con la amargura de la derrota.

Al rey asirio le encantaba jactarse de sus conquistas. Sus anales registran con gran detalle el asalto a «todas las ciudades fortificadas de Judá». Pero cuando se trata de Jerusalén, solo dice que encarceló a Ezequías como «un pájaro en una jaula», pero no detalla los resultados de un asedio, ni siquiera registra que hubiera habido uno. Sin embargo, se regodea mencionando todo el tributo que recibió del rey de Judá, como si estuviera tratando de minimizar el hecho de que realmente no logró tomar la ciudad.

Dios había profetizado que el rey asirio moriría a espada en su propia tierra. Finalmente, dos de sus hijos lo asesinaron mientras rezaba en el templo de su dios. Senaquerib fue un tirano cruel, pero tal vez su peor pecado a los ojos de Dios y a la luz de la Biblia fue su arrogancia. Esta lo llevó a burlarse de Dios e incluso a atribuirse cualidades divinas. La arrogancia también fue el pecado que condujo a la caída de Lucifer. Este horrible rasgo de carácter aún amenaza con destruir a cualquiera, incluso a aquellos que se dicen cristianos.

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