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La fiesta de Belsasar — 2a parte

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«Mene, Mene, Tekel, Uparsin». Dan. 5:25, RV95

Le correspondió a la sabia reina madre señalar lo obvio: solo Daniel podía ayudarlos.

Belsasar le ofreció a Daniel una túnica púrpura, una cadena de oro y el tercer lugar como gobernante del reino después de él y del rey Nabonido; pero Daniel declinó esos honores cortésmente.

Primero, Daniel le recordó algunos aspectos relevantes de la historia; luego se volvió a las palabras en la pared: Mene. Tekel. Uparsin. Contado. Pesado. Dividido. Jehová, el Dios de esa tierra lejana, de cuyo templo se tomaron los vasos sagrados que estaban siendo usados de manera tan irrespetuosa e informal, contó los días de su reinado y encontró que llegaban a su fin. El rey había sido pesado en la balanza del juicio, y ahora su reino sería dividido y entregado a los medos y los persas. Así sucedió.

Babilonia se convirtió en uno de los símbolos bíblicos más contundentes para representar todo lo que se opone a Dios y a su pueblo. Nosotros podemos correr el peligro de dejarnos impresionar por el poder de las diversas agencias del mal que operan en el mundo. Estamos expuestos a asombrarnos tanto con el poder del mal, que dejemos de confiar en el poder infinito de Dios. Al escuchar los argumentos que presentan algunos, podrías llegar a pensar que las fuerzas del diablo son mayores que las de Jesús.

El poder del mal contiene las semillas de su propia destrucción. Vemos este hecho incluso en la aterradora imagen bíblica de Babilonia. Algo que la Biblia no menciona es que Belsasar celebraba su banquete en una ciudad sitiada. ¿Quién en su sano juicio haría una celebración rodeado de sus enemigos? Belsasar creía que era invencible y que su ciudad era impenetrable. Tenía enormes muros defensivos y suficiente suministro de alimentos para sobrevivir a cualquier asedio. Pero, aun así, Babilonia cayó. Dos tradiciones antiguas explican por qué. Una dice que las fuerzas invasoras Medo-Persas cavaron un canal para desviar las aguas del río Éufrates que rodeaban la ciudad, y luego las tropas marcharon bajo las puertas de agua expuestas. La otra tradición afirma que los habitantes del mismo pueblo, disgustados con sus gobernantes, abrieron las puertas de la ciudad a los invasores. De cualquier manera, la ciudad cayó debido a las fuerzas que obraron en su interior.

El pecado siempre es autodestructivo. No puede mantener nada unido o en buen estado durante mucho tiempo. Nunca el mal de este mundo podrá ganar la batalla contra Dios.

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