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El valle de las sombras

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«No te dejaré ni te abandonaré». Jos. 1:5, NVI

Paulette se subió a la mesita de la sala de estar, con una sábana enrollada al cuello y la cabeza inclinada hacia un lado. Con una mano intentaba pasar el extremo de la sábana sobre una viga imaginaria. Hacía extrañas muecas mientras, de puntillas, se estiraba y se contorsionaba desesperadamente. Era una buena actriz, y el resto de nosotros, que estábamos sentados en los sofás, nos reímos nerviosamente con su acto. «No lo hagas -le pedía Krista-. Piénsalo bien, date otra oportunidad».

Era un hermoso día de otoño en el retiro a orillas del lago. Los decanos de la universidad estaban dirigiendo una semana de orientación para el nuevo grupo de consejeros residentes. La sesión de la tarde estaba relacionada con el suicidio y cómo garantizar la seguridad de las chicas en nuestra institución. Observando a Paulette, tratamos de imaginar cuál sería la mejor forma de confrontar una situación similar en la vida real.

Varios años después tomé una clase relacionada con el tema del sufrimiento y la muerte. Vimos documentales, conocimos a personas desahuciadas y hablamos con cuidadores de pacientes en estado crítico. Constatamos que, incluso los enfermos terminales que consideraban el suicidio como una vía de escape al sufrimiento provocado por una enfermedad insoportable, tenían miedo de irse demasiado pronto. Las preguntas latentes en el fondo del corazón siempre eran: ¿Qué cosas me perderé? ¿Por qué no esperar un poco más?

Afortunadamente, hay muchos recursos disponibles para ayudar a salir del oscuro valle de la depresión. El asesoramiento psicológico y la orientación pueden aliviar los sentimientos de inutilidad o de culpa que abruman el corazón, mientras que ciertos fármacos pueden combatir las causas biológicas de los desequilibrios mentales.

Algunos cristianos afirman que un verdadero creyente no debería experimentar depresión. Argumentan que si se está bien con Dios, se está vacunado contra el dolor emocional. Pero esto no es del todo cierto. A lo largo de los Salmos vemos con frecuencia a David, el hombre según el corazón de Dios, expresando sus ansiedades y la agonía de su espíritu. Podemos escucharlo clamar: «Señor, ¿hasta cuándo me olvidarás? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo te esconderás de mí? ¿Hasta cuándo mi alma y mi corazón habrán de sufrir y estar tristes todo el día?» (Sal. 13:1-2). Sin embargo, él también escribió el Salmo 23, que ha consolado a innumerables personas que luchan con el miedo y la desesperanza: «Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo». No estás solo. Espera.

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