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¡Qué boca tan grande tienes!

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«Porque temo que cuando vaya a verlos, quizá no los encuentre como quisiera, y que tampoco ustedes me encuentren a mí como ustedes quisieran. Temo que haya discordias, envidias, enojos, egoísmos, chismes, críticas, orgullos y desórdenes». 2 Cor. 12:20

A veces, cuando entro a la iglesia, encuentro a los «dragones doctrinales», legalistas del más alto nivel, unos sujetos atornillados en una forma de cristianismo tan rígida que me pregunto cómo pueden vivirla. Me tropiezo con los «buscalíos», que andan siempre procurando hacerte caer en controversias bíblicas; o me siento junto a la típica familia que pretende controlar las actividades de la iglesia con el fervor de un dictador.

Lo cierto es que dondequiera que se reúna un grupo grande, habrá conflictos. Examina cualquier iglesia, y encontrarás un chismoso, un crítico mordaz y un dragón doctrinal. Si no es así, se trata de una congregación bendecida y consagrada, o tú tienes excelentes habilidades de negación. De cualquier manera, antes de permitir que ese tipo de personas arruine tu espiritualidad, debes entender que hay una explicación para todo, incluso para las actitudes de los demás.

Existen procesos psicológicos que ayudan a resolver los conflictos en forma pacífica o, mejor aún, a prevenirlos. Cuando tengas que compartir con una persona difícil, haz lo que hizo Caperucita Roja.

«¡Qué orejas tan grandes tienes! Son para escucharte mejor». Con frecuencia, las personas consideradas difíciles son etiquetadas prematuramente. Y tú no eres de esos que etiquetan, ¿cierto? Bien, entonces trata de conocer a la otra persona; haz un esfuerzo por encontrar la razón (si es que verdaderamente la hay) por la que se ha ganado esa etiqueta. Muchas veces la gente es hiriente porque ese es el mecanismo que usan para drenar la ira. La solución está en saber escuchar.

«¡Qué ojos tan grandes tienes! Son para verte mejor». Intenta ver de dónde viene esa persona y hacia dónde va. Cuando ves lo que la otra persona ve y la forma en que lo ve, comienzas a entenderla. Mira al lobo en su ambiente natural, pero hazlo en oración. Si la persona se ve nerviosa, ¿será esa la razón por la que juzga tan severamente? Si parece abatida, ¿podría eso explicar que sea tan crítica?

«¡Qué boca tan grande tienes! Es para hablarte mejor». Invita a la persona a salir del basurero emocional en el que se encuentra. Algunas veces la gente no se percata de que despide mal olor. Toma el yugo de Cristo y con humildad plantéale tu preocupación. Quizá te sorprenda descubrir que el lobo rapaz en el fondo es un ser humano frágil.

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