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Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba su camino, Salmo 37:23.

Era un día bastante movido para Abram y Sarai. Eso significaba atar las tiendas y las posesiones en paquetes sobre los animales, y recorrer una larga distancia caminando o montados sobre estas bestias de carga. Y, además de todos los artículos usuales que la gente llevaba en aquellos días, Abram tenía un gran rebaño de ovejas y ganado, más los siervos que los arreaban. Estos, junto con sus familias, se alistaron para la larga travesía hacia la tierra prometida por Dios. Pero, eso no era todo. Su hermano, Nacor, y su familia; su sobrino Lot y su familia; y su padre, Taré, se unieron a la inmensa Caravana.

Siguiendo hacia el norte por el gran río Éufrates alrededor de 965 km, la larga fila de viajeros finalmente se detuvo en Harán. Para el padre de Abram, el viaje estaba terminado. Demasiado viejo y demasiado enfermo como para continuar, Taré murió en Harán.

Justo allí, en la tumba de su padre, Abram oyó la voz de Dios otra vez, que le decía que continuara hasta Canaán. Todos comenzaron a bajar sus tiendas y a empacar de nuevo. Todos, excepto Nacor y su familia. Les gustó demasiado Harán como para continuar. Parecía un muy buen lugar para establecer su hogar. Tenía un templo sagrado para el dios de la luna, el mismo ídolo que adoraban en Ur, y justo estaba en un importante cruce de caminos entre el este y el oeste. Sin embargo, Lot eligió continuar con Abram.

 Así que había algunos ausentes de la caravana original, pero otros se unieron al grupo a lo largo del camino hacia Canaán. “Mientras estuvieron en Harán, Abram y Sarai los habían inducido a adorar y servir al Dios verdadero. Estos se agregaron a la familia del patriarca, y lo acompañaron a la Tierra Prometida” (Patriarcas y profetas, p. 120).

Desde Harán, la caravana siguió lentamente el río Balikh en dirección hacia el sur, a espaldas del Éufrates. Siguiendo río arriba por alrededor de 96 km, toda la compañía cruzó este río ancho y luego partieron a través del desierto.

Después de 128 km de viaje caluroso y agotador, las ondeantes palmeras y el agua abundante del gran oasis Alepo eran una vista bienvenida. Aquí, tanto hombre como bestia, encontraron descanso y refrigerio.

Luego, moviéndose hacia el sur, Abram entró, al fin, en la Tierra Prometida.

Cualquier adversidad que haya encontrado o lo que sea que estuviese delante de él, Abram sabía que su mejor Amigo lo estaba guiando.

 


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