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HERMANOS AL FIN

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¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Salmo 133:1.

El hambre era tan severa que Jacob finalmente tuvo que consentir en dejar ir a Benjamín a Egipto con sus hermanos cuando regresaron por más grano. Cuando aparecieron ante José, otra vez se inclinaron por respeto. Después de que los hermanos presentaron sus obsequios, José preguntó por su padre.

“Todavía está vivo y con buena salud”, respondieron.

“Y ¿es este vuestro hermano menor de quien hablaron?”

José miró tiernamente hacia Benjamín. Estaba temiendo dificultades para mantener sus lágrimas. No esperó por una respuesta. Sabía quién era Benjamín. “Dios tenga misericordia de ti, hijo mío”.

 Pero, antes de que el intérprete pudiera traducir esto, José se apresuró a salir de la habitación, hacia su recámara privada. No podía contener sus lágrimas por más tiempo. Después de un buen llanto, se lavó la cara y regresó. Todavía quedaban por hacer unas pruebas más. Simeón fue liberado y los hermanos fueron invitados a una gran cena. Misteriosamente, se arregló la mesa de acuerdo con sus edades.

Luego, siguiendo la costumbre egipcia, José comió solo mientras que los hebreos comieron su propia comida. Pero, por el rabillo de su ojo, José estaba mirando. Había ordenado a sus siervos que le dieran a Benjamín cinco veces más comida que a los otros. Felizmente, notó que no había celos en la mesa.

Ahora, vendría una prueba final: la más difícil de todas. Había hecho deslizar su propia copa de oro en la bolsa de grano de Benjamín, justo cuando los hermanos se estaban yendo. Luego, José mandaría a su mayordomo a que los alcanzara y los acusara de robo. La persona que tenía la taza debía ser un esclavo por el resto de su vida. ¿Cuál sería la reacción de los hermanos? ¿Se alegrarían de ver a su hermano menor puesto en esclavitud? José no necesitaba esperar mucho.

Judá dio uno de los discursos más elocuentes registrados en la Biblia. Incluso estuvo dispuesto a someterse a la esclavitud antes que permitir que su hermano menor tuviera que hacerlo. Eso fue suficiente para José. Diciéndoles a sus siervos que abandonaran la habitación, se acercó sus hermanos y les dijo quién era realmente. Al principio, no podían creerlo pero, cuando finalmente entendieron, hubo mucho llanto y risa al mismo tiempo. Después de todos esos años, finalmente, eran hermanos, juntos en el Señor.

El amor había triunfado.

 


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