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EL ALTO PRECIO DE LA OBSTINACIÓN

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Como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. 1 Samuel 15:23.

Dios les advirtió a Moisés y a Aarón que Faraón sería duro de corazón. No es que el Señor haya hecho a Faraón de esta manera. Él mismo se hizo resistente. El orgullo siempre produce dureza de corazón.

La siguiente plaga fue acompañada de una comezón tan dolorosa que hasta los magos se tuvieron que detener en seco. Los piojos salían del mismo polvo de Egipto. Estos pequeños y casi invisibles insectos comenzaron a picar a la gente, lo que causó una gran irritación en la piel. Aunque los magos admitieron que Dios estaba involucrado en esto, todavía el Rey no permitió que Israel se fuera.

Luego vinieron las moscas. Grandes, hambrientas, parásitas; en Egipto, se las conocía como “moscas perro”, porque son el tipo de moscas que extrae grandes pedazos carne tanto de animales como de seres humanos. Faraón le rogó a Moisés que suspendiera la plaga de las moscas. Consentiría en dejar ir a Israel. Sin embargo, tan pronto como las moscas se fueron, Faraón cambió de parecer. Él no dejaría ir al pueblo.

Una plaga sobre los animales de Egipto fue lo siguiente. Los toros sagrados, vistos como dioses, murieron junto con los caballos, las ovejas, los camellos y los burros. Esta enfermedad arrasó a través del país, pero no llegó a ningún lugar cercano a los animales hebreos. Ahora era bastante obvio para el Rey que Dios hacía diferencia entre los egipcios y los israelitas; pero el Faraón todavía se negaba a ser razonable.

Moisés luego se paró ante el Rey y esparció cenizas de horno hacia el cielo. Mientras el viento soplaba las finas partículas, estas produjeron forúnculos horribles en la gente y en las bestias que habían quedado. Los magos mismos tuvieron que quedarse en su casa para tratar esas horribles ampollas.

A estas alturas, seguramente el pueblo egipcio se estaría preguntando con qué catástrofe tendrían que lidiar la próxima vez Faraón se volvió aún más obstinado, y una tormenta entró rugiendo en Egipto, con una furia que nunca nadie había visto. Los truenos sacudían la tierra. Los relámpagos destellaban de tal modo que el fuego corría tanto por los campos como por las áreas céntricas. La tormenta trajo un granizo tan devastador que cualquier persona o bestia que no estaba a cubierto, moría.

Faraón quedó impresionado por esto y prometió dejar ir a Israel. Protegido por la mano de Dios, Moisés salió para detener la plaga. Pero ¡sorpresa! Otra vez Faraón cambió de parecer.

Cada vez que la gente rehúsa escuchar al Espíritu de Dios, su obstinación crece y es cada vez peor.


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