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¡ATRAPADOS!

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Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy con vosotros; porque los egipcios que hoy habéis visto, nunca más para siempre los veréis.Éxodo 14:13.

De regreso en Egipto, Faraón y sus hombres de pronto se sintieron incómodos por todas las casas de Gosén que habían quedado vacías. Como los israelitas se habían ido, nadie más se iba a hacer trabajo gratuito.

¿Cómo pudimos haber sido tan necios? pensaron.

 “¡Preparen los carros!”, ordenó Faraón. “¡Vamos tras ellos!

Mientras tanto, los israelitas se estaban dirigiendo a un lugar muy estrecho. Parecía que la columna de nube había hecho un giro equivocado y los estaba guiando por un área angosta y rocosa, hasta que se encontraron encerrados entre el mar y las montañas escabrosas hacia el sur. El pueblo comenzó a cuestionar si la nube había cometido un error. Para sus mentes educadas en la esclavitud, los ángeles de Dios podrían estar sacándolos al desierto para matarlos.

Sin embargo, Dios tenía una razón para la dirección en la que los estaba llevando. Estaba por mostrar su gran deseo de salvarlos y su poder para hacerlo, y para demostrar a los egipcios, de una vez y para siempre, que él estaba en el control.

 De pronto, a lo lejos, los israelitas divisaron el destello de las armaduras y el movimiento de las carrozas de la guardia egipcia de avanzada. Justo atrás de eso venía todo el ejército en plena persecución. El pueblo estaba aterrorizado. Algunos comenzaron a orar, pero la mayoría de ellos comenzó a gritarle a Moisés por haberlos conducido fuera de Egipto para morir.

Luego, la voz de Moisés resonó por sobre la multitud con aquellas palabras de fe y aliento que están en nuestro versículo de hoy.

Justo cuando las tropas egipcias se acercaban y parecía que todo estaba perdido, la gran nube se movió majestuosamente hacia arriba y por sobre el campamento, y descendió justo entre los israelitas y los egipcios. Aun si los egipcios hubieran tenido faros delanteros en sus carros, tendrían que haberse detenido. Dios hizo que la nube fuera tan densa y oscura que era imposible avanzar.

“Pero, a medida que la oscuridad de la noche se espesaba, la muralla de nube se convirtió en una gran luz para los hebreos, inundando todo el campamento con un resplandor semejante a la luz del día” (Patriarcas y profetas, p. 290).

                   

 


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