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PEDIDO DE GLORIA

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Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén. 1 Timoteo 6:15,16.

Desesperadamente, Moisés quería entender la voluntad de Dios con mayor claridad. En medio de la tristeza por el pecado de los israelitas, la gran preocupación de Moisés era que el nombre divino se mantuviera en alto. Una de las razones de su oración despojada de egoísmo fue que no quería que la reputación de Dios se fuera abajo ante aquellos que no lo conocían. Ahora oró por alguna promesa del Señor de que todavía estaría con él guiando al pueblo a la Tierra Prometida. La respuesta volvió: “Mi presencia irá contigo, y te daré descanso” (Éxodo 33:14).

Moisés todavía no estaba satisfecho. Suplicó por más promesas, y Dios también se las concedió. Luego Moisés “hizo una petición que ningún ser humano había hecho antes: Ruegote que me muestres tu gloria’” (Patriarcas y profetas, p. 339).

Dios amaba a su siervo Moisés, pero también sabía muy bien que aun este gran hombre no podría contemplar su rostro y vivir para contarlo. Así que, Dios se decidió por la siguiente mejor alternativa: “No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá [...] He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro” (vers. 20-23).

Dios le pidió a Moisés que subiera a la cumbre del monte Sinaí otra vez. Esta vez, debía estar absolutamente solo y llevar consigo dos tablas de piedra, justo como las que Dios le había dado en un principio, y estar listo en la mañana.

Es una de las experiencias más emocionantes y más perdurables que se haya dado a un ser humano alguna vez. Moisés se levantó temprano en la mañana y, tomando consigo las dos tablas de piedra, subió hacia el lugar donde Dios le hablaría. Luego, la voz de trueno del Todopoderoso emergió de la nube misteriosa con las palabras de consuelo de que estaba por proclamar toda su bondad.

Y cuando él pasó por delante, Moisés, que estaba escondido en una hendidura de la peña. Se inclinó y adoró con verdadera reverencia.


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