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EL PECADO IMPERDONABLE

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¡Ay de los hijos que se apartan, dice Jehová, para tomar consejo, y no de mí; para cobijarse con cubierta, y no de mi espíritu, añadiendo pecado a pecado! Isaías 30:1

Poco después de que Coré, Datán y Abiram se cayeran vivos en el hoyo, salió fuego de la columna de nube y destruyó a los 250 príncipes que todavía persistían en la rebelión. El Señor permitió que estos hombres vieran el destino de los tres originadores para que tuvieran tiempo de arrepentirse, pero su continua simpatía por los rebeldes selló su ruina.

Aterrado, el pueblo huyó a sus tiendas. Estaban asustados por lo que habían visto, sabiendo que podrían haber sido ellos los que fueron enterrados vivos. Sí, estaban asustados, pero no arrepentidos. El temor es el resultado seguro de la vanidad y del desprecio hacia Dios. Lucifer comenzó este horrible proceso cuando, en el cielo, se amaba a sí mismo más que a Dios. Ahora, Dios estaba mostrando cuál era el resultado final. -

Aquella noche, el pueblo debía haber estado orando y pidiéndole perdón a Dios; pero, en lugar de ello, le permitieron a Satanás que los guiara a un pecado mayor. Toda la noche se la pasaron maquinando y planeando cómo podían resistir la evidencia que Dios había dado. Querían a un líder como Coré, que los adulaba y los alababa, hablando solo de sus virtudes. Además, si admitían que Coré y su compañía se habían equivocado, tendrían que aceptar la sentencia de Dios de que todos los más grandes morirían en el desierto.

Por la mañana, algunas de las personas se acercaron a Moisés e hicieron un comentario que no tenía sentido: "Tú mataste al pueblo del Señor”, gruñeron furiosamente,

¡Imagina! Aseguraban que Moisés usó a Satanás para destruir a los líderes rebeldes. Verdaderamente estaban añadiendo pecado tras pecado, y ahora habían cometido el pecado imperdonable. Cuando la gente se vuelve tan ciega a sus propios malos caminos, a la vez que asegura que el trabajo del Espíritu Santo es realmente la actividad del diablo, esto indica que ha hecho una decisión permanente de resistir a Dios. No hay nada más que Dios pueda hacer por ellos. Sus corazones se han vuelto demasiado duros para responder a su dirección. La plaga que siguió mató a catorce mil personas que tenían esta actitud.

De esta experiencia en el desierto, podemos aprender el peligro de persistir en la rebelión contra Dios.

Podría venir un tiempo cuando nos hayamos ido muy lejos, y cuando nos habremos colocado fuera del alcance deseoso y amoroso de Dios.

 


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