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LA MANO DE DIOS EN LAS SOMBRAS

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¡Oh! Jehová, cuánto se han multiplicado mis adversarios Muchos son los que se levantan contra mí […] Mas tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí; mi gloria, y el que levanta mi cabeza. Salmo 3:1, 3.

Después de que el pecado de David se hizo conocido, el reino de Israel nunca más fue el mismo. Aunque el Rey estaba profundamente arrepentido, parecía incapaz de decir algo en contra del mal; incluso sintió que no podía corregir a sus propios hijos.

Absalón, el apuesto hijo de David, creció haciendo la suya. Y antes de que el Rey supiera lo que estaba pasando, este hijo planeó en secreto derrocar el gobierno de su padre.

Absalón reunió un gran ejército y marchó contra la ciudad capital. Cuando las noticias alarmantes llegaron a David, se dio cuenta de que debía actuar rápidamente. En lugar de pelear en Jerusalén, huyó con sus súbditos leales, para salvar la hermosa ciudad.

David se sentía mal por toda esta rebelión porque sabía que era su culpa. Como señal de su aflicción, subió el Monte de los Olivos, al este de la ciudad, descalzo. Estaba llorando. Pero “jamás fue el gobernante de Israel más verdaderamente grande a los ojos del cielo que en esta hora de más profunda humillación exterior” (Patriarcas y profetas, p. 798).

Después, un mensajero trajo las noticias de que Ahitofel, un consejero real, se había unido a la rebelión de Absalón. Cuando David oyó esto, oró: “Entorpece ahora, oh Jehová, el consejo de Ahitofel” (2 Samuel 1531).

En respuesta a su oración, Husai, un sabio consejero real, vino a David anunciándole su lealtad. David vio la mano de Dios en esto y lo envió de regreso a Jerusalén como espía. Cualquiera que fuera el consejo que Ahitofel diera a Absalón, Husai iba a decir lo contrario.

Ahitofel aconsejó a Absalón que inmediatamente persiguiera a David. Cuando Absalón se volvió a Husai por consejo, este sacudió su cabeza y dijo que eso no era una buena idea. En lugar de ello, sugirió que el príncipe esperara hasta que pudiera hacerlo con una fuerza más grande. Cuando Ahitofel descubrió que Absalón había seguido el consejo de Husai, supo que la causa estaba perdida, y fue a su casa y se ahorcó.

Y así Dios respondió a la oración del Salmo 3, que David elevó durante su fuga, El Señor ya era el escudo de David. Y por eso, a pesar de toda la culpa que pesaba sobre sí, el Rey sería capaz de mantener su cabeza en alto una vez más.


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