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LA PREGUNTA CORTANTE Y LOS RECURSOS VISUALES DE DIOS

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Allí se metió en una cueva, donde pasó la noche. Y vino a él palabra de Jehová, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías? 1 Reyes 19:9.

Elías yacía bajo el enebro, totalmente exhausto; a punto tal que no podía moverse. Dios no se había olvidado de su siervo y envió a un ángel, que bajó de las cortes del cielo, para que diera a Elías algo de comida. El ángel tocó al profeta suavemente, para despertarlo. Elías miró a su alrededor y, para su asombro, el ángel había estado horneando mientras él dormía. Allí, sobre algunas brasas calientes, estaba el pan fresco, recién horneado, con la forma de una torta delgada, que Elías estaba acostumbrado a comer. Al lado había un recipiente con agua. Elías comió y bebió, y luego regresó a dormir. Más tarde el ángel lo despertó de nuevo para una segunda comida.

Luego Elías viajó por cuarenta días y cuarenta noches, con la fuerza de la comida del ángel. Aunque no necesitaba correr más, viajó otros 322 km hacia el sur. Finalmente, llegó al monte Horeb, el “monte de Dios”, también llamado Monte Sinaí, donde Moisés había recibido la Ley siglos antes. Fue aquí que el Señor hizo a Elías la pregunta más cortante.

"¿Qué haces aquí, Elías?" (1 Reyes 199). Esta era la pregunta exacta que el profeta necesitaba responder. Simplemente, ¿qué estaba haciendo allí?

Elías no quería responder esta pregunta. No podía abandonar la idea de que había conseguido mucho por ser sincero y ferviente por el Señor. Había memorizado un pequeño discurso, para recordar a Dios todo el bien que había hecho.

Entonces, Dios usó sus recursos visuales para enseñarle algo a Elías.

Se levantó una terrible tormenta de viento, que hizo trizas las rocas. Después, Elías aguardó mientras un terremoto sacudía la antigua montaña. Seguido de eso, un fuego arrasó la superficie de granito, donde se suponía que nada tenía que quemarse. Pero Dios no estaba ni en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. De pronto, todo se calmó y, en la suave quietud, una vocecita tranquila habló, como un silbido. Era la voz de Dios.

Elías entendió el punto. En reverencia hacia el Dios al que había olvidado, se cubrió el rostro con su manto y salió de la cueva. Toda su actitud había cambiado. Ahora sabía que los resultados más grandes no siempre vienen de demostraciones espectaculares, sino por la sencilla influencia del Espíritu Santo.


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