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Los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones; pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal. 1 Pedro 3:12.

Cuando Pedro captó la mirada triste y perdonadora de Jesús, y vio sus labios temblorosos y su pálido rostro, le trajo un torrente de recuerdos. Escapando del patio, se sumergió en la oscuridad de afuera. Inconscientemente, fue en dirección al jardín del Getsemaní, “En el mismo lugar donde Jesús había derramado su alma agonizante ante su Padre, cayó Pedro sobre su rostro y deseó morir” (El Deseado de todas las gentes, p. 660).

Pedro tenía su corazón quebrantado. Se arrepintió de su gran pecado con lágrimas amargas. Si solo hubiera permanecido despierto cuando Jesús estuvo orando, todo esto nunca habría ocurrido. Pero fue esta experiencia la que transformó a Pedro.

Mientras tanto, otro discípulo estaba triste, también. Pero Judas estaba triste por las razones equivocadas. Era como muchos prisioneros que se lamentan porque fueron atrapados, pero si se les diera la más mínima oportunidad, cometerían el mismo crimen otra vez. Judas estaba dolido por las consecuencias, sencillamente.

Las cosas no estaban resultando como las había planeado.

Judas había pensado que cuando Jesús fuera tomado como prisionero, sería forzado a declarase Rey, Pero mientras el juicio continuaba, se volvió evidente que el Señor de hecho moriría. De pronto, Judas no pudo soportarlo más, y su voz ronca se escuchó por sobre el ruido de la multitud: “¡Es inocente! ¡Perdónenlo!”

 La multitud, sorprendida, se dio vuelta, para ver al discípulo alto abriéndose paso a los codazos a través de la sala de juicio. Corriendo hacia el trono de Caifás, arrojó las treinta piezas de plata de su traición. Luego, asiéndose de la túnica del sumo sacerdote, le rogó: “He pecado. He entregado sangre inocente”.

Al principio, Caifás estaba avergonzado, y no sabía qué hacer. Luego, con enojo, le dio un empujón a Judas. Judas se volvió a Jesús y le rogó que se salvara. Pero, Jesús solo lo miró con tristeza.

Judas huyó gritando: “¡Es demasiado tarde! ¡Es demasiado tarde!” Fue y se ahorcó... Era el hombre refinado y educado del equipo; Jesús le había dado poder para sanar y expulsar demonios, pero Judas nunca había entregado su vida a Jesús. Se había engañado a sí mismo, y ese engaño lo condujo al suicidio.


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