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CONDENANDO A MUERTE A SATANÁS

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Oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Apocalipsis 12:10.

La muerte de Jesús no era solamente para traer salvación a los seres humanos que viven en este planeta. No era, simplemente, mostrarnos que la Ley de Dios es tan sagrada como él mismo y que quebrantarla trae la muerte. Tenía un significado mucho más amplio y profundo que ese.

“El acto de Cristo, de morir por la salvación del hombre, no solo haría accesible el cielo para los hombres, sino que ante todo el universo justificaría a Dios y a su Hijo en su trato con la rebelión de Satanás” (Patriarcas y profetas, p. 54).

Pero, los discípulos no entendieron qué ocurrió aquel viernes de tarde. Sus mentes estaban fijas en un reinado terrenal, y la muerte de su Maestro destrozó sus esperanzas y sueños. Cuando el sol se puso aquel día, estaban entregados a la desesperanza y vivieron un sábado muy triste.

Pero, había dos hombres muy importantes que sí sabían qué pasaba. Tanto José de Arimatea como Nicodemo habían estudiado cuidadosamente las profecías, y se dieron cuenta de que Jesús había cumplido exactamente lo que habían leído. Ambos eran miembros del Sanedrín y nunca habían aceptado abiertamente a Jesús; pero ahora dieron un paso al frente sin ninguna duda mi ocultamientos.

José marchó con valentía directo a la oficina de Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Su intención era enterrar al Salvador en una tumba cercana, que recientemente había comprado. Desesperadamente los discípulos querían proporcionar a Jesús un entierro honorable, pero no tenían dinero; temían que fuera enterrado en la parcela reservada usualmente para los criminales. Pero, para su sorpresa, mientras José fue a conseguir la orden escrita para obtener el cuerpo de Jesús, Nicodemo fue de prisa al mercado antes de la puesta de sol, para comprar especies para embalsamarlo.

Mientras tanto, los gobernantes judíos estaban inquietos. Querían sacar a Jesús fuera de la vista antes de que la gente comenzara a hacer muchas preguntas incómodas, y normalmente la muerte por crucifixión era horriblemente lenta, con la finalidad de provocar el mayor dolor posible al crucificado.

La muerte de Jesús fue la prueba completa de que el reino de Satanás estaba acabado. Él y sus ángeles malos estaban ahora condenados a muerte, y a la espera de su recompensa final.


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