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AQUELLA MAÑANA BRILLANTE

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Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. 1 Corintios 15:57.

Envuelto en una sábana de lino llena de especias aromáticas, con sus manos dobladas sobre su pecho, Jesús fue colocado suavemente en la tumba angosta y rocosa. Una enorme piedra, redonda y plana, se hizo rodar para colocarla en la entrada. Y Jesús estaba en reposo.

Los sacerdotes y los gobernantes se habían esforzado por convencerse de creer que Jesús era un engañador, pero en lo más profundo de sus corazones sabían que no lo era. Algunos de ellos habían estado presentes en la resurrección de Lázaro; ahora temían que Jesús mismo saliera del sepulcro.

Los principales sacerdotes y los fariseos se apresuraron a ir a Pilato con un pedido de último minuto, “Señor”, dijeron, “nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: “Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero” (Mateo 27:63, 64).

“Está bien”, dijo Pilato, “pueden tener una guardia de soldados. Vayan y háganlo lo más seguro que puedan”.

Los dirigentes religiosos se apresuraron a ir a la tumba, e indicaron que se colocaran cuerdas sobre la piedra enorme, que la punta de la cuerda fuera sujeta a la roca sólida y que la sellaran con un sello romano oficial. Cien soldados se posicionaron en la tumba para vigilar las 24 horas, y asegurarse de que nadie alterase el sepulcro.

Un ejército invisible de ángeles malos también se posicionó alrededor de la tumba de Jesús; Satanás esperaba poder conservar a Jesús allí para siempre. Pero había cantidad de otros ángeles allí, también, Dios había enviado a su ejército especial de ángeles extraordinariamente fuertes, para vigilar.

Las horas pasaban lentamente. Durante la hora más oscura, justo antes del amanecer del primer día de la semana, Jesús todavía estaba durmiendo en su cama rocosa. De pronto, les soldados fueron sorprendidos por una luz brillante: Gabriel acababa de llegar. Su rostro era como un relámpago y sus ropas, tan blancas como la nieve. Satanás y sus huestes salieron, como disparados, tan rápido como pudieron, luego, removiendo la pesada piedra como si fuera un guijarro, Gabriel se sentó sobre ella, “¡Hijo de Dios!", exclamó “¡Tu Padre te llama!"

Entonces Jesús salió de la tumba, y gritó: “¡Yo soy la resurrección y la vida!”


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