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EN PAZ ANTE LA PROTESTA Y LA PRISIÓN

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Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Isaías 26:3.

Cuando los creyentes de Judea oyeron que Pedro había entrado efectivamente en la casa de un gentil y había predicado a la gente, estaban pasmados y ofendidos. Tan pronto como Pedro regresó a Jerusalén, los estrictos judíos conversos lo confrontaron.

Pero, Pedro estaba preparado; sabía muy bien que los judíos no se relacionarían con los gentiles. Por esta razón había llevado consigo a seis hombres como testigos, en caso de que se lo cuestionara. Cuando explicó toda la historia, incluyendo el derramamiento del Espíritu Santo sobre los nuevos creyentes gentiles durante la predicación en la casa de Cornelio, les pareció prueba suficiente de la bendición de Dios. Los creyentes de Jerusalén quedaron satisfechos, y sus vistas fueron elevadas a un nivel más alto de entendimiento.

Ahora, el camino estaba abierto para que las buenas noticias se esparcieran por todos lados sin restricción ninguna. Pero, Satanás tenía listo a un hombre con el objetivo de desbaratar los propósitos de Dios. El rey Herodes dio órdenes, repentinamente, para poner en marcha un programa de persecución destinado a aniquilar a los dirigentes de la nueva iglesia. Eligieron al apóstol Santiago como su primera víctima.

Aunque algunos se quejaban de que la ejecución debería haberse hecho en público de modo de asustar a los creyentes, los judíos aplaudieron la decapitación con gozo. Los gobernantes romanos eran poco populares, y como el asesinato de Santiago había complacido tanto a los judíos, Herodes continuó con este cruel acto arrestando a Pedro, intentando realizar una ejecución pública.

Los creyentes, que ya estaban tristes y sacudidos por la muerte de Santiago, se reunieron en una de las casas para orar.

Mientras tanto, Pedro estaba custodiado por 16 hombres armados, que tomaban turnos para vigilarlo día y noche. “En su celda, había sido colocado entre dos soldados, y estaba ligado por dos cadenas, aseguradas a la muñeca de ambos soldados. No podía moverse sin que ellos lo supieran. Manteniendo las puertas cerradas con toda seguridad y delante de ellas una fuerte guardia, se había eliminado toda oportunidad de escapar por medios humanos” (Los hechos de los apóstoles, p. 118).

Y así, Pedro se durmió profundamente. No necesitó de ninguna píldora para dormir que tranquilizara sus nervios. Pudo dormir porque su mente estaba descansando en el amor de Dios.


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