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CONSPIRACIÓN SECRETA Y UNA DEFENSA AUDAZ

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Aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí... Más cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar Mateo 10:18, 19.

Aunque Pablo estaba temporariamente seguro bajo la custodia romana, más de cuarenta fanáticos estaban conspirando secretamente para su muerte. Simulando que el Sanedrín quería hacer a Pablo algunas preguntas más a fondo, esperaban asesinarlo.

Pero, susurraron demasiado fuerte su engañoso plan. El hijo de la hermana de Pablo escuchó por casualidad acerca del complot y se lo informó a su tío. Inmediatamente, Pablo envió a su sobrino al capitán con un mensaje.

“Los judíos han acordado pedirte que entregues a Pablo al concilio mañana, pero ellos planean una emboscada para matarlo”, informó. Claudio Lisias, el capitán romano, no iba a permitir que los conspiradores tuvieran alguna oportunidad para atrapar al prisionero.

En el acto, ordenó a dos de sus centuriones que alistaran a sus soldados para un rápido viaje a Cesarea. Ordenó doscientos soldados de a pie, doscientos lanceros y setenta jinetes. Con 470 soldados romanos que rodeaban a Pablo, los judíos asesinos iban a tener dificultades en ver a Pablo; mucho menos iban a poder lastimarlo.

Entre las mueve y las diez de aquella noche, Pablo y los oficiales romanos, rodeados por el pequeño ejército, salieron cabalgando. Claudio Lisias envió Una carta con sus hombres, explicando el caso de Pablo al gobernador Félix en Cesarea.

Cinco días después de su llegada a Cesarea bajo la guardia del ejército, el apóstol fue llevado para una audiencia formal. Ananías, el sumo sacerdote, junto con otros líderes judíos y un abogado profesional, aparecieron ante Félix para acusar al prisionero. Querían hacerlo ver como un malvado agitador, que intentaba derrocar el Gobierno. Tértulo, el abogado de ellos, usó toda clase de halagos, esperando persuadir al Gobernador. Pero Félix no mordió el anzuelo; en lugar de ello, asintió con su cabeza para que Pablo hablara en su propia defensa.

Inmediatamente, Pablo desmintió todas las acusaciones falsas. Él no comenzó el disturbio; había ido al Templo a adorar. Presentó su caso en forma convincente y dijo: “Ni te pueden probar las cosas de que ahora me acusan” (Hechos 24:13).


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