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PROMESA EN MEDIO DE UNA TORMENTA

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Esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy ya quien sirvo, diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo. Hechos 27:23, 24.

Pablo había querido ir a Roma por mucho tiempo, pero cuando efectivamente llegó la hora en que tenía que abordar un barco que navegaría hacia Italia, estaba bajo custodia armada y encadenado.

Tan pronto como el barco de Pablo había dejado Sidón, los vientos comenzaron a soplar en la dirección equivocada. Pudiendo avanzar muy lentamente, finalmente llegaron a Mira, en Asia Menor. Aquí, Julio, el centurión a cargo, transfirió a Pablo y a los otros prisioneros a un barco más grande, del norte de África, que zarpaba hacia la costa de Italia.

Otra vez, los vientos no cooperaban y el barco parecía avanzar de a centímetros. Cuando alcanzaron Buenos Puertos, en el lado sur de la isla de Creta, Pablo les aconsejó que se quedaran ahí durante el invierno, en lugar de arriesgarse a un viaje peligroso en aguas abiertas durante la estación tormentosa. Pero, la mayoría de los pasajeros votó en contra de Pablo y partieron del puerto, “soplando una brisa del sur” (Hechos 27:13).

Fue un error desastroso, a suave brisa pronto se convirtió en Una rugiente tormenta, incluso, tuvieron que recoger el bote salvavidas que estaban remoleando, de manera que no fuera hecho pedazos. Después, el barco comenzó a filtrarse y todos tuvieron que comenzar a arrojar rápidamente el cargamento por la borda.

“El buque, azotado por la tempestad, con el mástil roto y las velas hechas trizas, era arrojado de aquí para allá por la furia de los elementos. Cada momento parecía que el crujiente maderamen iba a ceder, en el balanceo y estremecimiento del barco, bajo el embate de las olas. La vía de agua aumentaba rápidamente, y los pasajeros y la tripulación trabajaron continuamente para desaguar el buque. No había ni un momento de descanso para nadie de los que estaban a bordo” (Los hechos de los apóstoles, p. 353).

El barco anduvo a la deriva y se hamacó entre las monstruosas olas y la espuma silbante día y noche, por dos semanas. Pablo sabía que su Dios lo cuidaba, pero sentía pena por aquellos que no conocían al Señor. Cuando oraba por los demás pasajeros, Dios le respondió enviando un ángel con la promesa de protección.

Durante un momento de calma en la tormenta, Pablo se puso de pie en la cubierta y recordó a todos que deberían haber seguido su consejo. Después, compartió con ellos la promesa de Dios.


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