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ACEITE HIRVIENDO, PRISIONERO EN UNA ISLA Y UNA VISIÓN

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Yo Juan [...] estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo. Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y of detrás de mí una gran voz como de trompeta. Apocalipsis 1:9, 10.

Uno a uno, los grandes líderes de la iglesia cristiana murieron bajo la violenta persecución de Roma. Juan, el último de los doce discípulos originales, todavía continuaba predicando del amor de Jesús. Finalmente, el emperador Domiciano ordenó que se arrestara incluso a este amoroso predicador, y que se lo llevara a juicio.

Cuando Juan estuvo frente al Emperador para responder a las acusaciones por desobediencia, argumentó por el Señor de manera clara y convincente. Su estilo simple era tan poderoso que todos los que estaban en la sala del juzgado se sintieron inspirados. Esto enojó mucho al emperador Domiciano. No podía responder al razonamiento de Juan ni igualar su poder, así que, ordenó que se lo arrojara en una olla de aceite hirviendo.

Mientras se acercaban a la gran caldera, el aceite saltaba y se movía, burbujeando espantosamente. El oficial romano a cargo dio el anuncio: “¡Así perezcan todos los que creen en ese engañador, Jesucristo de Nazaret!”

Después, algo extraño ocurrió. Con el sudor que caía de sus rostros por el calor, los romanos se quedaron con las bocas abiertas. ¡Allí estaba Juan, vivo y muy bien, en medio del aceite hirviendo, sonriéndoles! Su conmoción rápidamente cambió en vergüenza, y los mismos hombres que lo habían arrojado a la olla ahora tenían que sacarlo de allí. El Señor había obrado un milagro para salvar a su siervo, ¡justo frente a sus ojos!

El Emperador tenía que encontrar la manera de silenciar a Juan, así que, ordenó que embarcaran al predicador del amor y lo llevaran a la prisión romana en la isla, rocosa y estéril, de Patmos.

La sombría isla no hizo que renegara de Dios. Juan vio en las rocas, el mar y el cielo la obra de su Majestad divina, y amó al Creador aún más.

Un sábado, Dios honró a su anciano siervo transportándolo en visiones celestiales. Al oír una voz como de trompeta detrás de él, Juan se volvió ¡y vio a Jesús!

Llevado a la sala del Trono de Dios, oyó y vio cosas que ocurrirían en el futuro, a lo largo del tiempo, hasta el fin de los tiempos.

Juan vivió casi cien años. Pero lo que escribió en aquel tiempo ha perdurado década tras década, siglo tras siglo. Y puedes leer ese mismo mensaje en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis.


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