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Considera las maravillas

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«Detente y considera las maravillas de Dios». Job 37: 14

EL LIBRO DE LOS LIBROS

ALGUNOS, MUY TALENTOSOS y piadosos, alcanzan vislumbres de las realidades eternas, pero a menudo no las comprenden porque lo visible eclipsa la gloria de lo invisible. Quien quiera hallar el tesoro escondido debe buscarlo más arriba de este mundo. Sus emociones y todas sus aptitudes deben dedicarse a la investigación.

La desobediencia ha impedido el acceso a una gran cantidad de conocimiento que podría haberse obtenido de las Escrituras. Comprenderlas implica también obedecer los mandamientos de Dios. No hemos de adaptar la Biblia para satisfacer nuestros gustos o justificar nuestros prejuicios. Solo aquellos que buscan humildemente un conocimiento de la verdad para obedecerla podrán comprender la Palabra de Dios.

Quizás te preguntes: «¿Qué tengo que hacer para salvarme?». Tienes que abandonar, a la puerta de la investigación, tus preconceptos y prejuicios. Si escudriñas las Escrituras para demostrar que estás en lo cierto, nunca hallarás la verdad. Estudia para aprender qué dice el Señor. Si al investigarte convences de la verdad y notas que tus opiniones personales no están en armonía con ella, no tuerzas la verdad para que cuadre con tus creencias, sino que acepta la luz que te haya sido dada. Abre la mente y el corazón, para que puedas contemplar todas las maravillas de la Palabra de Dios.

La fe en Cristo como el Redentor del mundo exige un reconocimiento del intelecto iluminado, dominado por un corazón que puede discernir y apreciar el tesoro celestial. Esta fe es inseparable del arrepentimiento y la transformación del carácter. Tener fe significa encontrar y aceptar el tesoro del evangelio con todas las obligaciones que conlleva. [...]

Necesitamos la iluminación del Espíritu Santo para discernir las verdades de la Palabra de Dios. Las bellezas del mundo natural no se ven hasta que el sol, disipando las tinieblas, las inunda con su luz. Así los tesoros de la Palabra de Dios no se aprecian hasta que los brillantes rayos del Sol de Justicia los hacen visibles.

El Espíritu Santo, enviado desde los cielos por la benevolencia del amor infinito, toma las cosas de Dios y las revela a todo el que tiene una fe incondicional en Cristo. Por su poder, las verdades vitales de las cuales depende la salvación del alma se fijan en la mente, y el camino de la vida resulta tan claro que nadie tiene por qué equivocarse.- Palabras de vida del gran Maestro, cap. 8, pp. 83-84.


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