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Nuestra primera tarea

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«Si alguien está dispuesto a hacer la voluntad de Dios, podrá reconocer si mi enseñanza viene de Dios o si hablo por mi propia cuenta». Juan 7: 17, DHH

EL LIBRO DE LOS LIBROS

LA PRIMERA y más elevada tarea de todo ser racional es la de escudriñar la verdad en las Sagradas Escrituras y luego andar en la luz y exhortar a otros a que sigan su ejemplo. Día tras día deberíamos estudiar diligentemente la Biblia, pesando cada pensamiento y comparando texto contexto. Con la ayuda de Dios debemos formarnos nuestras propias opiniones ya que tendremos que responder al Señor por nosotros mismos.

Las verdades que se encuentran expuestas con toda claridad en la Biblia han sido envueltas en dudas y oscuridad por algunos eruditos, que con pretensiones de gran sabiduría enseñan que las Escrituras tienen un sentido místico, secreto y espiritual que no se percibe por el lenguaje empleado en ellas. Son falsos maestros. Jesús declaró de personas semejantes: «No conocen las Escrituras ni el poder de Dios» (Mar. 12:24, DHIH). El lenguaje de la Biblia debe explicarse de acuerdo con su significado llano, a no ser que se trate de un símbolo o figura. Cristo prometió: «Si alguien está dispuesto a hacer la voluntad de Dios, podrá reconocer si mi enseñanza viene de Dios» (Juan 7: 17, DHIH). Si quisiéramos tan solo aceptar lo que la Biblia dice, y si no hubiera falsos maestros para cegar y confundir las ideas, se realizaría una obra que alegraría a los ángeles y que traería al rebaño de Cristo a miles y miles de almas actualmente sumidas en el error.

Al estudiar las Santas Escrituras deberíamos utilizar toda nuestra capacidad intelectual y procurar comprender, hasta donde nos sea posible como mortales finitos, las profundas enseñanzas de Dios; pero no debemos olvidar que la disposición del estudiante debe ser dócil y sumisa como la de un niño. No podemos resolver las dificultades bíblicas usando los mismos métodos que empleamos cuando se trata de problemas filosóficos. No deberíamos estudiar la Biblia con esa confianza en nosotros mismos con la cual tantos abordan los temas de la ciencia, sino con el espíritu de oración y dependencia total hacia Dios y con un deseo sincero de conocer su voluntad. Debemos acercarnos con espíritu humilde y dócil para obtener conocimiento del gran Yo Soy. De lo contrario vendrán ángeles malos a nublar nuestras mentes y a endurecer nuestros corazones al punto que la verdad ya no nos impresionará.

Más de un pasaje de las Sagradas Escrituras que los eruditos consideran un misterio o de poca importancia, está lleno de consuelo e instrucción para el que ha sido discípulo en la escuela de Cristo.- El conflicto de los siglos, cap. 38, pp. 584-585.


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