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«¿Podéis beber del vaso que yo bebo?». Marcos 10: 38

JESÚS, EL REGALO DE DIOS

ENTRE LAS AMARGURAS que experimenta la humanidad, no hubo ninguna que no le tocó a Cristo. Había quienes trataban de denigrarlo a causa de su nacimiento, y aun en su niñez tuvo que hacer frente a sus miradas burlescas e impías murmuraciones. Si hubiese respondido con una palabra o mirada impaciente, si hubiese complacido a sus hermanos con un solo acto reprochable, no habría sido un ejemplo perfecto. No hubiese podido llevar a cabo el plan de redención. Si hubiese admitido siquiera que podía haber una excusa para el pecado, Satanás habría triunfado, y el mundo se habría perdido. Esta es la razón por la cual el tentador trató por todos los medios de hacer su vida tan penosa como fuera posible, a fin de inducirlo a pecar.

Pero para cada tentación tenía una respuesta: «Escrito está» (Mat. 4: 4). Rara vez reprendía algún mal proceder de sus hermanos, pero tenía alguna palabra de Dios que dirigirles. Con frecuencia lo acusaban de cobardía por negarse a participar con ellos en algún acto reprochable; pero su respuesta era: Escrito está: «El temor del Señores la sabiduría, y el apartarse del mal, la inteligencia» (Job 28:28).

Había algunos que buscaban su compañía, sintiéndose en paz en su presencia; pero muchos lo evitaban, porque su vida inmaculada los reprendía. [...]

Con frecuencia le preguntaban: ¿Por qué insistes en ser tan singular, tan diferente de nosotros todos? Escrito está, decía: «Bienaventurados los íntegros de camino, los que andan en la ley de Jehová. Bienaventurados los que guardan sus testimonios y con todo el corazón lo buscan, pues no hacen maldad los que andan en sus caminos» (Sal. 119: 1-3).

Cuando le preguntaban por qué no participaba en las diversiones de la juventud de Nazaret, decía: Escrito está: «Me he gozado en el camino de tus testimonios más que toda riqueza. En tus mandamientos meditaré; consideraré tus caminos. Me regocijaré en tus estatutos; no me olvidaré de tus palabras» (Sal. 119:14-16).

Jesús no peleaba por sus derechos. Con frecuencia su trabajo resultaba innecesariamente penoso porque siempre estaba dispuesto y no se quejaba. Sin embargo, no desmayaba ni se desanimaba. Vivía por encima de estas dificultades, como en la luz del rostro de Dios. No buscaba represalias cuando lo maltrataban, sino que soportaba pacientemente los insultos.- El Deseado de todas las gentes, cap. 9, pp. 70-71.


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