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«Elige hoy mismo a quién servirás». Josué 24: 15, NTV

ENTREGA Y ACEPTACIÓN

TODO AQUEL que rehúsa entregarse a Dios está bajo el dominio de otro poder. No es su propio dueño. Puede hablar de libertad, pero está en la más despreciable esclavitud. No puede percibir la belleza de la verdad, porque su mente está bajo el dominio de Satanás. Mientras se jacta de estar siguiendo los dictados de su propio juicio, obedece la voluntad del príncipe de las tinieblas. Cristo vino a romper las cadenas de la esclavitud del pecado para el alma. «Así que si el Hijo los libera, serán ustedes verdaderamente libres». «Por medio de él -se nos dice- la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte» (Juan 8:36; Rom. 8: 2, NVI).

En la obra de la redención no hay compulsión. No se emplea ninguna fuerza exterior. Bajo la influencia del Espíritu de Dios, el ser humano es libre para elegir a quién ha de servir. El cambio que ocurre cuando el alma se entrega a Cristo produce la más completa sensación de libertad. La expulsión del pecado es obra del alma misma. Por cierto, no tenemos poder para librarnos a nosotros mismos del dominio de Satanás; pero cuando deseamos ser libertados del pecado, y en nuestra gran necesidad clamamos por un poder exterior y superior a nosotros, las facultades del alma quedan dotadas de la fuerza divina del Espíritu Santo y obedecen los dictados de la voluntad, en cumplimiento de la voluntad de Dios.

La libertad humana solo es posible cuando llegamos a ser uno con Cristo. «La verdad os hará libres» (Juan 8:32); y Cristo es la verdad. El pecado solo puede triunfar si debilita la mente y destruye la libertad del alma. Someternos a Dios implica la rehabilitación de uno mismo, de la verdadera gloria y dignidad humanas. La ley de Dios es «la ley de la libertad» (Sant 2: 12).

Los fariseos se habían declarado a sí mismos hijos de Abraham. Jesús les dijo que solamente haciendo las obras de Abraham podían justificar esta pretensión. Los verdaderos hijos de Abraham vivirían como él una vida de obediencia a Dios. No procurarían matar a Aquel que hablaba la verdad que le había sido dada por Dios. Al conspirar contra Cristo, los rabinos no estaban haciendo las obras de Abraham. La simple descendencia de Abraham no tenía ningún valor. Sin una relación espiritual con él, la cual se hubiese manifestado poseyendo el mismo espíritu y haciendo las mismas obras, ellos no eran sus hijos.- El Deseado de todas las gentes, cap. 51, pp. 440-441.


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