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Lo uno o lo otro

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«El que no está conmigo, está contra mí». Mateo 12: 30

ENTREGA Y ACEPTACIÓN

SATANÁS ESTÁ TRATANDO de derrotar al pueblo de Dios, rompiendo las barreras que lo separan del mundo. Los antiguos israelitas fueron arrastrados al pecado cuando se arriesgaron a asociarse con los incrédulos. Del mismo modo se descarría el Israel moderno. «El dios de este mundo ha cegado la mente de estos incrédulos, para que no vean la luz del glorioso evangelio de Cristo, el cual es la imagen de Dios» (2Cor. 4:4, NVI). Todos los que no son fervientes discípulos de Cristo, son siervos de Satanás. El corazón que aún no ha sido regenerado ama el pecado y tiende a conservarlo y acariciarlo. El corazón renovado aborrece el pecado y está resuelto a resistirlo. Cuando los cristianos escogen la compañía de los impíos e incrédulos, se exponen a la tentación. Satanás se oculta a la vista y furtivamente les pone su venda engañosa sobre los ojos. No pueden ver que semejante compañía les perjudica; y mientras más se van asemejando al mundo en carácter, palabras y obras, más y más se van cegando.

Al conformarse la iglesia con las costumbres del mundo, se vuelve mundana, pero esa conformidad jamás convertirá al mundo a Cristo. A medida que uno se familiariza con el pecado, este parece cada vez menos repulsivo. El que prefiere asociarse con los siervos de Satanás dejará pronto de temer al señor de ellos. Cuando somos probados en el camino del deber, como lo fue Daniel en la corte del rey, podemos estar seguros de la protección de Dios; pero si nos colocamos a merced de la tentación, caeremos tarde o temprano.

Satanás obtiene su mayor éxito cuando actúa por medio de aquellos que menos sospechamos de estar bajo su influencia. A veces se admira y honra a las personas de talento y de educación, como si estas cualidades pudiesen suplir la falta del temor de Dios o hacernos dignos de su favor. Considerados en sí mismos, el talento y la cultura son dones de Dios; pero cuando se emplean para sustituir la piedad, cuando en lugar de atraer al alma a Dios la alejan de él, entonces se convierten en una maldición y un lazo. Muchos creen que todo lo que aparece amable y refinado debe ser, en cierto sentido, cristiano. Este es un craso error. Es cierto que la amabilidad y el refinamiento deberían adornar el carácter de todo cristiano, pues ambos ejercerían una poderosa influencia en favor de la verdadera religión; pero deben ser consagrados a Dios, o de lo contrario son también una fuerza para el mal.- El conflicto de los siglos, cap. 31, pp. 498-499.


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