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El primer paso hacia la aceptación

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«El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia». Proverbios 28: 13

ENTREGA Y ACEPTACIÓN

QUIENES NO HAN HUMILLADO su alma delante de Dios reconociendo su culpa, no han dado todavía el primer paso hacia la aceptación. Si no hemos experimentado ese arrepentimiento del cual nadie tiene que arrepentirse, y si no hemos confesado nuestros pecados con verdadera humillación del alma y quebrantamiento del espíritu, aborreciendo nuestra maldad, en realidad nunca hemos procurado el perdón de nuestros pecados. Y si no lo hemos buscado, tampoco hallaremos la paz divina. La única razón por la cual no obtenemos la remisión de nuestros pecados pasados es que no estamos dispuestos a humillar nuestro corazón ni a cumplir las condiciones que exige la Palabra de verdad. Hemos recibido instrucciones claras tocante a este asunto. La confesión de nuestros pecados, ya sea pública o privada, tiene que ser de corazón y Voluntaria. No debe ser una imposición sobre el pecador. No ha de hacerse de un modo ligero y descuidado, o exigirse de quienes no tienen una comprensión real del carácter horrible del pecado. La confesión que brota de lo íntimo del alma sube al Dios de piedad infinita. El salmista nos dice: «El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido» (Sal. 34: 18, NVI).

La verdadera confesión es siempre de carácter específico y reconoce pecados concretos. Quizá sean de tal naturaleza que solo puedan presentarse delante de Dios. Quizá sean males que tengan que confesarse individualmente a los que hayan sido dañados por ellos; o quizá sean de carácter público, y en ese caso sea preciso confesarlos públicamente. Ahora bien, toda confesión debe ser concreta y directa, para reconocer en forma precisa los pecados de los que uno sea culpable. [...]

Dios no acepta la confesión si no va acompañada de un arrepentimiento sincero y el deseo de enmendar nuestros errores. Tiene que haber un cambio positivo; es necesario abandonar todo lo que ofenda a Dios. Este es el resultado de una verdadera tristeza por el pecado. Se nos presenta claramente lo que tenemos que hacer por nuestra parte: «¡Lávense, límpiense! ¡Aparten de mi vista sus obras malvadas! ¡Dejen de hacer el mal!» (Isa. 1: 16, NVI). [...] El apóstol Pablo dice, hablando de la obra del arrepentimiento: «Fíjense lo que ha producido en ustedes esta tristeza que proviene de Dios: ¡Qué empeño, qué afán por disculparse, qué indignación, qué temor, qué anhelo, qué preocupación, qué disposición para ver que se haga justicia!» (2 Cor. 7: 11, NVI).- El Camino a Cristo, cap. 4, pp. 58-61.


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