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¿De qué le hablamos a Dios?

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«Porque los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones». 1 Pedro 3: 12

LA LLAVE DE LOS DEPÓSITOS CELESTIALES

DIOS NOS HABLA por medio de la naturaleza y por la revelación, por su providencia, así como por la influencia de su Espíritu. Pero esto no basta; necesitamos abrirle nuestro corazón. A fin de tener vitalidad y energía espirituales hemos de mantener una relación íntima con nuestro Padre celestial. Nuestra mente puede ser atraída hacia él; podemos meditar en sus obras, sus misericordias, sus bendiciones; pero esto no es, en el pleno sentido de la palabra, estar en comunicación con él. Para ponernos en comunión con Dios hemos de tener algo que decirle con respecto a nuestra vida presente.

Orar es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo. No es que esto sea necesario para darle a conocer a Dios lo que somos, sino a fin de capacitarnos para aceptarlo a él. La oración no hace descender a Dios hasta nosotros, sino que nos eleva a nosotros hacia él. Cuando Jesús estuvo aquí en la tierra, enseñó a sus discípulos a orar. Les enseñó a presentar a Dios sus necesidades diarias y a confiarle todas sus preocupaciones. Y la seguridad que les dio de que sus oraciones serían escuchadas nos es dada a nosotros también.

El Señor Jesús mismo, cuando habitó entre los seres humanos, oraba frecuentemente. Nuestro Salvador se identificó con nuestras necesidades y debilidades al convertirse en un suplicante que imploraba de su Padre nueva provisión de fuerza, para enfrentar con energía los deberes y las pruebas. Jesús es nuestro ejemplo en todos los aspectos. Es un hermano en nuestras debilidades, «tentado en todo de la misma manera que nosotros» (Heb, 4: 15, NVI), pero como ser inmaculado, se negó a hacer el mal; su alma sufrió las luchas y torturas de un mundo de pecado. Su humanidad hizo de la oración una necesidad y un privilegio. Encontraba consuelo y gozo en la comunión con su Padre. Y si el Salvador de los seres humanos, el Hijo de Dios, sintió la necesidad de orar, ¡cuánto más nosotros, débiles mortales, corrompidos por el pecado, deberíamos sentir la necesidad de orar con fervor y constancia!

Nuestro Padre celestial está esperando para derramar sobre nosotros la plenitud de sus bendiciones. Es nuestro privilegio beber abundantemente en la fuente del amor infinito. ¡Es en verdad sorprendente que oremos tan poco! Dios está listo y dispuesto a escuchar la oración de sus hijos, y no obstante hay por nuestra parte mucha vacilación para presentar nuestras necesidades delante del Señor.- El camino a Cristo, cap. 11, pp. 137-139.


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