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La fe y la oración secreta

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«Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración, y lo obtendrán». Marcos 11: 24, NVI

LA LLAVE DE LOS DEPÓSITOS CELESTIALES

LA FE VERDADERA demanda la bendición prometida y se aferra a ella antes de que se haga realidad y de poder sentirla. Hemos de elevar nuestras peticiones al lugar santísimo con una fe que dé por recibidos los beneficios prometidos y los considere ya suyos. Tenemos que creer, pues, que recibiremos la bendición, porque nuestra fe ya se apropió de ella, y, según la Palabra, es nuestra. «Por eso les digo: Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración, y lo obtendrán» (Mar 11:24, NVI). Esto es fe sincera y pura: creer que recibiremos la bendición aun antes de recibirla en realidad. Cuando la bendición prometida se hace realidad y se disfruta, la fe queda anonadada. Pero muchos suponen que tienen una gran fe cuando participan del Espíritu Santo en forma destacada, y que no pueden tener fea menos que sientan el poder del Espíritu. Estas personas confunden la fe con la bendición que nos llega por medio de ella. Precisamente, el tiempo más apropiado para ejercer fe es cuando nos sentimos privados del Espíritu. Cuando parecen descender densas nubes sobre la mente, es cuando se debe dejar que la fe viva atraviese las tinieblas y disipe las nubes. La fe verdadera se apoya en las promesas contenidas en la Palabra de Dios, y únicamente quienes obedezcan a esta Palabra pueden esperar que se cumplan sus gloriosas promesas. [...]

Debemos orar mucho en secreto. Cristo es la vid, y nosotros los pámpanos. Y si queremos crecer y dar frutos, tenemos que absorber continuamente savia y nutrición de la Vid, porque separados de ella no podemos hacer nada.

Pregunté al ángel por qué no había más fe y poder en Israel. Me respondió: «Sueltan demasiado pronto el brazo del Señor. Rodeen el trono con peticiones, y persistan en ellas con una fe firme. Las promesas son seguras. Crean que van a recibir lo que pidan y lo recibirán». Se me presentó entonces el caso de Elías, quien estaba sujeto a las mismas pasiones que nosotros y oraba fervorosamente. Su fe soportó la prueba. Siete veces oró al Señor hasta que finalmente vio la pequeña nube (ver 1 Rey, 18:41-46). Vi que habíamos dudado de las promesas seguras y ofendido al Salvador con nuestra falta de fe. El ángel dijo: «Cíñete la armadura y, sobre todo, toma el escudo de la fe que guardará tu corazón, tu misma vida, de los dardos de fuego que lancen los malvados». Si el enemigo logra que los abatidos aparten sus ojos de Jesús, se miren a sí mismos y fijen sus pensamientos en su indignidad en lugar de fijarlos en los méritos, el amor y la compasión de Jesús, los despojará del escudo de la fe, logrará su propósito, y ellos quedarán expuestos a peligrosas tentaciones. Por lo tanto, los débiles han de volver los ojos hacia Jesús y creer en él. Entonces ejercitarán la fe.- Primeros escritos, cap. 17, pp. 103-104.


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