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Oremos como Jacob

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«No te dejaré, si no me bendices». Génesis 32: 26

LA LLAVE DE LOS DEPÓSITOS CELESTIALES

LOS TIEMPOS DE APURO y angustia que nos esperan requieren una fe capaz de soportar el cansancio, la demora y el hambre; una fe que no desmaye a pesar de las más duras pruebas. Dios nos ha concedido el tiempo de gracia a todos a fin de que nos preparemos para aquel momento. Jacob prevaleció porque fue perseverante y resuelto. Su victoria demuestra el poder de la oración perseverante. Todos los que se aferren a las promesas de Dios como lo hizo él, y que sean tan sinceros como él lo fue, tendrán tanto éxito como él. Los que no están dispuestos a negarse a sí mismos, a luchar desesperadamente ante Dios y a orar mucho y con empeño para obtener su bendición, no lo conseguirán. ¡Cuán pocos cristianos saben lo que es luchar con Dios! ¡Cuán pocos son los que jamás suspiraron por Dios con ardor hasta tener como en tensión todas las facultades del alma! Cuando olas de indecible desesperación envuelven al suplicante, ¡cuán raro es verlo aferrarse con fe inquebrantable a las promesas de Dios!

Los que ejercitan poca fe, están en mayor peligro de caer bajo el dominio de los engaños satánicos y sus esfuerzos para forzar la conciencia. Y aun en caso de soportar la prueba, en el tiempo de angustia se verán sumidos en mayor aflicción porque no se habrán acostumbrado a confiar en Dios. Las lecciones de fe que hayan descuidado, tendrán que aprenderlas bajo el terrible peso del desaliento.

Deberíamos aprender ahora a conocer a Dios, poniendo a prueba sus promesas. Los ángeles toman nota de cada oración ferviente y sincera. Sería mejor sacrificar nuestros propios gustos antes que descuidar la comunión con Dios. La mayor pobreza y la más absoluta abnegación, con la aprobación divina, valen más que las riquezas, los honores, las comodidades y amistades sin ella. Debemos darnos tiempo para orar. Si nos dejamos absorber por los intereses mundanales, el Señor puede darnos ese tiempo que necesitamos, quitándonos nuestros ídolos, ya sean estos oro, casas o tierras fértiles.

La juventud no se dejaría seducir por el pecado si se negara a entrar en otro camino que aquel sobre el cual pudiera pedir la bendición de Dios. Si los que proclaman la última solemne amonestación al mundo rogaran por la bendición de Dios, no con frialdad e indolencia, sino con fervor y fe como lo hizo Jacob, encontrarían muchas ocasiones en que podrían decir: «Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma» (Gén. 32:30). Serían considerados como príncipes en el cielo, con poder para prevalecer con Dios y los hombres.- El conflicto de los siglos, cap. 40, pp. 606-607.


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