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La oración mueve a Dios

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«Pues no se apoderaron de la tierra por su espada, ni su brazo los libró, sino tu diestra, tu brazo, y la luz de tu rostro, porque te complaciste en ellos». Salmo 44: 3

LA LLAVE DE LOS DEPÓSITOS CELESTIALES

CUANDO SUFRIMOS pruebas que parecen inexplicables, no debemos permitir que ellas perturben nuestra paz. No importa cuán injustamente se nos trate, no permitamos que la pasión se despierte. [...]

A medida que el mundo se vuelve cada vez más impío, no hemos de hacernos la ilusión de que no tendremos dificultades. Pero son esas mismas dificultades las que nos llevan a la cámara de audiencias del Altísimo. Podemos pedir consejo a Aquel que es infinito en sabiduría.

El Señor dice: «Invócame en el día de la angustia» (Sal. 50: 15). Él nos invita a presentarle nuestras preocupaciones y necesidades, y nuestra necesidad de ayuda divina. Nos aconseja ser «constantes en la oración» (Rom. 12: 12). Tan pronto como las dificultades surgen, debemos dirigirle nuestras sinceras y fervientes peticiones. Nuestras oraciones persistentes evidencian nuestra firme confianza en Dios. El sentimiento de nuestra necesidad nos induce a orar con fervor, y nuestras súplicas mueven a nuestro Padre celestial.

A menudo, los que sufren el oprobio o la persecución por causa de su fe son tentados a pensar que Dios los ha olvidado. A la vista de los hombres, se hallan entre la minoría. Según todas las apariencias sus enemigos triunfan sobre ellos. Pero no se equivoquen. Aquel que sufrió por ellos y llevó sus pesares y aflicciones, no los ha olvidado.

Dios no abandona a sus hijos ni los deja indefensos. La oración mueve el brazo de la Omnipotencia. Por la oración, muchos «conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos» -y sabremos lo que eso significa cuando escuchemos los informes de los mártires que murieron por su fe.- «pusieron en fuga a ejércitos extranjeros» (Heb. 11:33-34).

Si consagramos nuestra vida al servicio de Dios, nunca pasaremos por una situación para la cual Dios no haya hecho provisión. Cualquiera sea nuestra situación, tenemos un Guía que dirige nuestro camino; cualesquiera sean nuestras preocupaciones, tenemos un seguro Consejero; sea cual fuere nuestra pena, desamparo o soledad, tenemos un Amigo que se solidariza con nosotros. Si en nuestra ignorancia damos pasos equivocados, Cristo no nos abandona. Su voz, clara nos dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14:6). «Él salvará al pobre que suplica y al necesitado que no tiene quien lo ayude» (Sal.72: 12, DHH).- Palabras de vida del gran Maestro, cap. 14, pp. 135-137.


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