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Exaltar la ley

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«La ley de Jehová es perfecta: convierte el alma». Salmo 19: 7

LA LEY Y EL SÁBADO

MIENTRAS EXISTAN el cielo y la tierra -dijo Jesús-, ni una letra ni una tilde de la ley desaparecerán hasta que todo se haya cumplido» (Mat. 5: 18). Por su propia obediencia a la ley, Jesús dio testimonio de su carácter inalterable y demostró que con su gracia puede obedecerla perfectamente todo hijo e hija de Adán.

En el monte declaró que ni el más mínimo detalle desaparecería de la ley hasta que todo se hubiera cumplido, a saber: todo lo que afecta a la raza humana, todo lo que se refiere al plan de redención. No enseña que la ley haya de ser anulada alguna vez, sino que, a fin de que nadie suponga que era su misión abolir los preceptos de la ley, dirige el ojo al más lejano confín del horizonte humano y nos asegura que hasta que se llegue a ese punto, la ley conservará su autoridad. Mientras perduren los cielos y la tierra, los principios sagrados de la ley de Dios permanecerán. Su justicia, «como las altas montañas» (Sal. 36:6, NVI) seguirá siendo una fuente de bendición que envía arroyos para refrescar la tierra.

Puesto que la ley del Señor es perfecta, y por lo tanto, inmutable, es imposible que los seres humanos pecaminosos satisfagan por sí mismos la medida de lo que requiere. Por eso vino Jesús como nuestro Redentor. Era su misión, al hacernos partícipes de la naturaleza divina, ponernos en armonía con los principios de la ley del cielo. Cuando renunciamos a nuestros pecados y recibimos a Cristo como nuestro Salvador, la ley es ensalzada. Pregunta el apóstol Pablo: «¿Quiere decir que anulamos la ley con la fe? ¡De ninguna manera! Más bien, confirmamos la ley» (Rom. 3: 31, NVI).

La promesa del nuevo pacto es: «Pondré mis leyes en su corazón, y las escribiré en su mente» (Heb. 10: 16). Es cierto que con la muerte de Cristo iba a desaparecer el sistema de los símbolos que señalaban a Cristo como Cordero de Dios que iba a quitar el pecado del mundo. Sin embargo, los principios de justicia que presenta el Decálogo son tan inmutables como el trono eterno. No se ha suprimido un mandamiento, «ni una jota ni una tilde» ha sido cambiada. Estos principios que fueron comunicados a la humanidad en el paraíso perdido como la ley suprema de la vida, seguirán presentes íntegramente en el paraíso restaurado. Cuando el Edén vuelva a florecer en la tierra, la ley de amor dada por Dios será obedecida por todos debajo del sol.- El discurso maestro de Jesucristo, cap. 3, pp. 84-86.


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