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Despojarnos del yo

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«Es necesario que él crezca, y que yo disminuya». Juan 3: 30

UNA IGLESIA UNIDA

MIRANDO CON FE al Redentor, Juan se elevó a la altura de la abnegación. No trató de atraer a los hombres a sí mismo, sino de elevar sus pensamientos siempre más alto hasta que se fijaran en el Cordero de Dios. Él mismo había sido tan solo una voz, un clamor en el desierto. Ahora aceptaba con gozo el silencio y la oscuridad a fin de que los ojos de todos pudieran dirigirse a la Luz de la vida.

Los que son fieles a su vocación como mensajeros de Dios no buscarán honra para sí mismos. El amor del yo desaparecerá en el amor por Cristo. Ninguna rivalidad mancillará la preciosa causa del evangelio. Reconocerán que les toca proclamar como Juan el Bautista: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» (Juan 1:29). Elevarán a Jesús, y con él la humanidad será elevada. «Así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad y cuyo nombre es el Santo: “Yo habito en la altura y la santidad, pero habito también con el quebrantado y humilde de espíritu, para reavivar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los quebrantados"» (Isa.57: 15).

El alma del profeta, despojada del yo, se llenó de la luz divina. Al presenciar la gloria del Salvador, sus palabras eran casi una contraparte de aquellas que Cristo mismo había pronunciado en su entrevista con Nicodemo. Juan dijo: «El que viene de arriba está por encima de todos; el que es de la tierra es terrenal y habla de cosas terrenales. El que viene del cielo está por encima de todos. [...] Porque aquel a quien Dios envió, las palabras de Dios habla, pues Dios no da el Espíritu por medida» (Juan 3:31,34). Cristo podía decir: «No busco mi voluntad, sino la voluntad del Padre, que me envió» (Juan 5:30). De él se declara: «Has amado la justicia y odiado la maldad [...]» (Heb. 1:9).

Así también sucede con los que siguen a Cristo. Podemos recibir la luz del cielo únicamente en la medida en que estamos dispuestos a despojarnos del yo. No podemos discernir el carácter de Dios, ni aceptar a Cristo por la fe, a menos que consintamos en sujetar todo pensamiento a la obediencia de Cristo. El Espíritu Santo se da sin medida a todos los que hacen esto.- El Deseado de todas las gentes, cap. 18, p. 157.


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