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Cómo tratar con el ofensor

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«Porque perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado». Jeremías 31: 34

UNA IGLESIA UNIDA

SI NO QUIERE escucharlos [ver Mateo 18:15-16], entonces, pero no antes, se debe presentar el asunto a todo el cuerpo de creyentes. Únanse los miembros de la iglesia, como representantes de Cristo, en oración y súplica para que el ofensor sea restaurado. El Espíritu Santo hablará por medio de sus siervos, suplicando al descarriado que vuelva a Dios. El apóstol Pablo, hablando por inspiración, dice: «Como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: “En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios"» (2 Cor. 5: 20, NVI). El que rechaza este esfuerzo conjunto en su favor, ha roto el vínculo que le une a Cristo, y así se ha separado de la comunión de la iglesia. Desde entonces, dijo Jesús, «trátalo como si fuera un incrédulo o un renegado» (v. 17, NVI). Pero no se le ha de considerar como separado de la misericordia de Dios. No lo han de despreciar ni descuidar los que antes eran sus hermanos, sino que lo han de tratar con ternura y compasión, como una de las ovejas perdidas a las que Cristo está procurando todavía traer a su redil.

La instrucción de Cristo en cuanto al trato con los que yerran repite en forma más clara la enseñanza dada a Israel por Moisés: «No aborrecerás a tu hermano en tu corazón. Reprenderás a tu prójimo, para que no participes de su pecado» (Lev. 19: 17). Es decir, que si uno descuida el deber que Cristo ordenó en cuanto a restaurar a quienes están en error y pecado, se hace partícipe del pecado. Somos tan responsables de los males que podríamos haber detenido como si los hubiésemos cometido nosotros mismos.

Pero debemos presentar el mal al que lo hace. No debemos hacer de ello un asunto de comentario y crítica entre nosotros mismos; ni siquiera después que haya sido expuesto a la iglesia nos es permitido repetirlo a otros. El conocimiento de las faltas de los cristianos será tan solo una piedra de tropiezo para el mundo incrédulo; y espaciándonos en estas cosas no podemos sino recibir daño nosotros mismos; porque contemplando es como somos transformados. Mientras tratamos de corregir los errores de un hermano, el Espíritu de Cristo nos inducirá a escudarle en lo posible de la crítica aun de sus propios hermanos, y tanto más de la censura del mundo incrédulo. Nosotros mismos erramos y necesitamos la compasión y el perdón de Cristo, y él nos invita a tratarnos mutuamente como deseamos que él nos trate.- El Deseado de todas las gentes, cap. 48, pp. 416–417.


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