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El amor de Cristo en la iglesia

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«Y ahora te ruego [...], no como escribiéndote un nuevo mandamiento, sino el que hemos tenido desde el principio, que nos amemos unos a otros». 2 Juan 1: 5

UNA IGLESIA UNIDA

ESTE AMOR ES la evidencia de su discipulado. «De este modo todos sabrán que son mis discípulos-dijo Jesús-, si se aman los unos a los otros» (Juan 13:35, NVI). Cuando los seres humanos no están vinculados por la fuerza o los intereses propios, sino por el amor, manifiestan la obra de un poder que está por encima de toda influencia humana. Donde existe esta unidad, constituye una evidencia de que la imagen de Dios se está restaurando en la humanidad, que se ha implantado un nuevo principio de vida. Muestra que hay poder en la naturaleza divina para resistir a los agentes sobrenaturales del mal, y que la gracia de Dios domina el egoísmo inherente en el corazón humano.

Este amor, manifestado en la iglesia, despertará seguramente la ira de Satanás. Cristo no trazó a sus discípulos una senda fácil. «Si el mundo los aborrece-dijo-, tengan presente que antes que a ustedes, me aborreció a mí. Si fueran del mundo, el mundo los querría como a los suyos. Pero ustedes no son del mundo, sino que yo los he escogido de entre el mundo. Por eso el mundo los aborrece. Recuerden lo que les dije: “Ningún siervo es más que su amo". Si a mí me han perseguido, también a ustedes los perseguirán. Si han obedecido mis enseñanzas, también obedecerán las de ustedes. Los tratarán así por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió» (Juan 15: 18-21, NVI). El evangelio ha de ser proclamado mediante una guerra intrépida, en medio de oposición, peligros, pérdidas y sufrimientos. Pero los que hacen esta obra están tan solo siguiendo los pasos de su Maestro. [...]

Cristo se regocijó de que podía hacer más en favor de sus discípulos de lo que ellos podían pedir o pensar. Habló con seguridad sabiendo que se había promulgado un decreto todopoderoso antes de que el mundo fuese creado. Sabía que la verdad, armada con la omnipotencia del Espíritu Santo, vencería en la contienda con el mal; y que el estandarte manchado de sangre ondearía triunfantemente sobre sus seguidores. Sabía que la vida de los discípulos que confiaran en él sería como la suya, una serie de victorias sin interrupción, no vistas como tales aquí, pero reconocidas así en el gran más allá. [...]

Cristo no desmayó ni se desalentó, y sus seguidores han de manifestar una fe de la misma naturaleza perdurable. Han de vivir como él vivió y obrar como él obró, porque dependen de él como el gran Artífice y Maestro.- El Deseado de todas las gentes, cap. 73, pp. 647-648.


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