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Padres, den el ejemplo correcto

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«Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres, porque esto es justo». Efesios 6: 1, NVI

LA FAMILIA DE DIOS

LA MEJOR MANERA de enseñar a los niños a respetar a su padre y a su madre consiste en darles la oportunidad de ver al padre ser bondadoso y cortés con la madre y a la madre manifestar respeto y reverencia hacia el padre. Al contemplar el amor manifestado en sus padres los hijos son inducidos a acatar el quinto mandamiento y a prestar oídos a la recomendación: «Hijos, obedezcan en el Señor a sus padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre -que es el primer mandamiento con promesa- para que te vaya bien y disfrutes de una larga vida en la tierra» (Efe. 6: 1-3, NVI).

Cuando los hijos tienen padres incrédulos, cuyas órdenes contradigan lo que Cristo requiere, entonces, por doloroso que sea, tienen que obedecer a Dios y confiarle las consecuencias. El Señor ha ordenado expresamente el deber que tienen los hijos de honrar a sus padres y a sus madres. Mientras tengan la oportunidad y la capacidad de hacerlo, habrán de cuidar amorosamente de ellos. Este mandamiento para los hijos encabeza los últimos seis preceptos que comprenden nuestros deberes hacia el prójimo. Pero mientras que a los hijos se les pide que obedezcan a sus padres, a los padres se les instruye también a ejercer sabiamente su autoridad. Pablo escribe: «Y ustedes, padres, no hagan enojar a sus hijos, sino críenlos según la disciplina e instrucción del Señor» (vers. 4).

Los padres han de ser muy cuidadosos, no sea que traten a sus hijos de una manera que provoque en ellos terquedad, desobediencia y rebelión. Debido a su falta de control propio, los padres muchas veces suscitan las peores emociones. Corrigen a sus hijos con un espíritu airado, logrando solo con ello aferrarlos a su mala conducta y a su espíritu desafiante, en vez de influir en ellos de una manera correcta. Debido a su propio espíritu arbitrario, empujan a sus hijos bajo la influencia satánica, en vez de rescatarlos de las trampas de Satanás por medio del amor y la dulzura. ¡Cuán triste es que muchos padres que profesan ser cristianos, no se han convertido! Cristo no mora en sus corazones por medio de la fe. Aunque profesan ser seguidores de Jesús, hacen que sus hijos se enfurezcan y, dado su temperamento violento e implacable, los llevan a rechazar la religión. No es de extrañar que los hijos se tornen fríos y rebeldes hacia sus padres. Aun así, los hijos no están exentos de obedecer por el hecho de que sus padres actúen de una manera poco santificada.

¡Oh, si cada familia que profesa devoción a Dios, lo hiciera tanto en la práctica como en teoría! Entonces estaría Cristo representado en la vida del hogar, los padres y los hijos lo representarían en la iglesia, ¡y qué alegría existiría!- Review and Herald, 15 de noviembre de 1892.


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