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El poder del amor

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«Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad». 1 Juan 3: 18

LA FAMILIA DE DIOS

LOS INSTRUMENTOS del amor tienen un poder maravilloso, porque son divinos. La respuesta suave que «aplaca la ira» (Prov. 15: 1), el amor que «es sufrido, es benigno» (1 Cor. 13:4), el amor que «cubrirá multitud de pecados» (1 Ped. 4:8), si aprendiéramos esta lección, ¡qué poder sanador llenaría nuestras vidas! Nuestras vidas experimentarían una transformación y la tierra sería como el cielo.

Aun los niños pueden comprender estas importantes lecciones, si las enseñamos con sencillez. El corazón del niño es tierno y se impresiona con facilidad, y cuando nosotros -que somos mayores- leguemos a ser «como niños», cuando aprendamos la sencillez, la dulzura y el tierno amor del Salvador, no será difícil impresionar el corazón de los pequeños y enseñarles el ministerio sanador del amor.

Para el mundo, el dinero es poder; pero para los cristianos, el poder procede del amor. En este principio se encuentra la fortaleza intelectual y espiritual. El amor puro es muy eficaz para hacer el bien; tanto, que es incapaz de hacer otra cosa. Impide la disensión y la desdicha y trae la verdadera felicidad. Las riquezas a menudo son una influencia corruptora y destructora; el uso de la fuerza hiere con facilidad; pero la verdad y la bondad son propiedades del amor puro.

El hogar ha de ser el centro del afecto más puro y elevado. Cada día se debe fomentar con perseverancia la paz, la armonía, el afecto y el amor, hasta que estos dones maravillosos moren en el corazón de los que componen la familia. La planta del amor tiene que nutrirse cuidadosamente, de lo contrario morirá. Todo principio bueno ha de ser cultivado si queremos que florezca en el alma. Hay que desarraigar todo lo que Satanás siembra en el corazón: la envidia, los celos, las malas sospechas, la malicia, la impaciencia, el prejuicio, el egoísmo, la codicia y la vanidad. Si se permite que permanezcan estos malos rasgos en el alma, darán frutos que contaminarán a muchos. ¡Oh, cuántos cultivan las plantas venenosas que matan los frutos preciosos del amor y contaminan el alma! [...]

En muchas familias hace mucha falta que se exprese el afecto de unos hacia otros. Aunque no es necesario manifestar sentimentalismo, sí es necesario que se exprese amor y ternura de una manera casta, pura y digna.- El hogar cristiano, cap. 31, pp. 185-188.


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