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El pilar central del adventismo

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«¿Cuánto más va a durar esta visión del sacrificio diario, de la rebeldía desoladora, de la entrega del santuario y de la humillación del ejército?». Daniel 8: 13, NVI

JESÚS, NUESTRO SUMO SACERDOTE

EL PASAJE BÍBLICO que más que ninguno había sido el fundamento y el pilar central de la fe adventista era la declaración: «Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado» (Daniel 8:14). Estas palabras habían sido familiares para todos los que creían en la próxima venida del Señor. La profecía que encerraban era repetida como santo y seña de su fe por miles de bocas. Todos sentían que sus esperanzas más gloriosas y más queridas dependían de los acontecimientos en ella predichos. Había quedado demostrado que aquellos días proféticos terminaban en el otoño del año 1844. En común con el resto del mundo cristiano, los adventistas creían entonces que la tierra, o alguna parte de ella, era el santuario. Entendían que la purificación del santuario era la purificación de la tierra por medio del fuego del último día, y que ello se verificaría en el segundo advenimiento. De ahí que concluyeran que Cristo volvería a la tierra en 1844.

Pero el tiempo señalado había pasado, y el Señor no había aparecido. Los creyentes sabían que la Palabra de Dios no podía fallar; su interpretación de la profecía debía estar pues errada; pero, ¿dónde estaba el error? Muchos cortaron sin más ni más el nudo de la dificultad negando que los 2,300 días terminaban en 1844. Esta afirmación no podía apoyarse con prueba alguna, a no ser con la de que Cristo no había venido en el momento en que se le esperaba. Se alegaba que si los días proféticos hubieran terminado en 1844, Cristo habría vuelto entonces para limpiar el santuario mediante la purificación de la tierra por fuego, y que como no había venido, los días no podían haber terminado. [...]

Pero Dios había dirigido a su pueblo en el gran movimiento adventista; su poder y su gloria habían acompañado la obra, y él no permitiría que esta terminara en la oscuridad y en un chasco, para que se la cubriera de oprobio como si fuera una mera emoción mórbida producto del fanatismo. No iba a dejar su Palabra envuelta en dudas e incertidumbres. [...]

Encontraron en la Biblia una explicación completa de la cuestión del santuario, su naturaleza, su situación y sus servicios; pues el testimonio de los escritores sagrados era tan claro y tan amplio que despejaba este asunto de toda duda.- El conflicto de los siglos, cap. 24, pp. 405-407.


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