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Figura del celestial

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«Ahora bien, el primer pacto tenía reglamentos acerca del culto y del santuario terrenal ». Hebreos 9: 1, RVA15

JESÚS, NUESTRO SUMO SACERDOTE

TAMBIÉN SE ME MOSTRO en la tierra un santuario con dos departamentos. Se parecía al del cielo, y se me dijo que era una figura del celestial. Los muebles del primer departamento del santuario terrenal eran como los del primer departamento del celestial. El velo estaba levantado, miré el interior del Lugar Santísimo y vi que los objetos eran los mismos que los del Lugar Santísimo del santuario celestial. El sacerdote oficiaba en ambos departamentos del terrenal. Entraba diariamente en el primer departamento, y solo una vez al año en el Lugar Santísimo para purificarlo de los pecados allí transmitidos. Vi que Jesús oficiaba en ambos departamentos del santuario celestial. Los sacerdotes entraban en el terrenal con la sangre de un animal como ofrenda por el pecado. Cristo entró en el santuario celestial por la ofrenda de su propia sangre. Los sacerdotes terrenales eran relevados por la muerte y, por lo tanto, no podían oficiar mucho tiempo; pero Jesús es sacerdote para siempre. Por medio de las ofrendas y los sacrificios llevados al santuario terrenal, los hijos de Israel habían de compartir los méritos de un Salvador futuro. Y la sabiduría de Dios nos dio los pormenores de esta obra para que, considerándolos, comprendiéramos la obra de Jesús en el santuario celestial.

Al expirar Jesús en el Calvario exclamó: «¡Consumado es!» (Juan 19:30), y el velo del templo se rasgó de arriba abajo en dos mitades, para demostrar que los servicios del santuario terrenal habían acabado para siempre y que Dios ya no vendría al encuentro de los sacerdotes de ese templo terrenal para aceptar sus sacrificios. La sangre de Cristo fue derramada entonces e iba a ser ofrecida por él en el santuario celestial. Así como el sacerdote entraba una vez al año en el Lugar Santísimo para purificar el santuario terrenal, también Jesús entró en el Lugar Santísimo del celestial al fin de los 2,300 días de Daniel 8, en 1844, para hacer la expiación final por todos los que pudieran recibir el beneficio de su mediación, y purificar de este modo el santuario. [...]

Encima del lugar donde estaba Jesús ante el arca, había una brillante gloria que no pude mirar. Parecía el trono de Dios. Cuando el incienso ascendía al Padre, la excelsa gloria bajaba del trono hasta Jesús, y de él se derramaba sobre aquellos cuyas plegarias habían subido como suave incienso.- Primeros escritos, cap. 58, p. 305.


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