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He aquí, viene el esposo

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«Así que estén listos, porque ustedes no saben el día ni la hora en que vendrá el Hijo del hombre». Mateo 25: 13, PDT

JESÚS, NUESTRO SUMO SACERDOTE

LA PROCLAMACIÓN: «¡He aquí que viene el Esposo!» en el verano de 1844, indujo a miles de personas a esperar el advenimiento inmediato del Señor. En el tiempo señalado, vino el Esposo, no a la tierra, como el pueblo lo esperaba, sino hasta donde estaba el Anciano de días en el cielo, a las bodas; es decir, a recibir su reino. «Las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta» (Mat. 25:10). No iban a asistir en persona a las bodas, ya que estas se verifican en el cielo mientras que ellas están en la tierra. Los discípulos de Cristo han de esperar «a que su señor regrese de las bodas» (Luc. 12:36). Pero deben comprender su obra, y seguirlo por fe mientras entra en la presencia de Dios. En este sentido es en el que se dice que ellos van con él a las bodas.

Según la parábola, fueron las que tenían aceite en sus vasijas con sus lámparas quienes entraron a las bodas. Los que, junto con el conocimiento de la verdad de las Escrituras, tenían el Espíritu y la gracia de Dios, y que en la noche de su amarga prueba habían esperado con paciencia, escudriñando la Biblia en busca de más luz, fueron los que reconocieron la verdad referente al santuario en el cielo y al cambio de ministerio del Salvador, y por fe le siguieron en su obra en el santuario celestial. Y todos los que por el testimonio de las Escrituras aceptan las mismas verdades, siguiendo por fea Cristo mientras se presenta ante Dios para efectuar la última obra de mediación y para recibir su reino a la conclusión de esta, todos esos están representados como si entraran en las bodas.

En la parábola del capítulo 22 de Mateo, se emplea la misma figura de las bodas y se ve claramente que el juicio investigador se realiza antes de las bodas. Antes de verificarse estas entra el Rey para ver a los huéspedes, y cerciorarse de que todos llevan las vestiduras de boda, el manto inmaculado del carácter, lavado y emblanquecido en la sangre del Cordero (Mat. 22: 11; Apoc. 7:14). Al que se le encuentra sin traje conveniente, se le expulsa, pero todos los que al ser examinados resultan tener las vestiduras de bodas, son aceptados por Dios y juzgados dignos de participar en su reino y de sentarse en su trono. Esta tarea de examinar los caracteres y de determinar los que están preparados para el reino de Dios es la del juicio investigador, la obra final que se lleva a cabo en el santuario celestial.- El conflicto de los siglos, cap. 25, p. 423.


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