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El fin de la obra de Jesús como Sacerdote y Mediador

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«Pero sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que lo buscan». Hebreos 11: 6

JESÚS, NUESTRO SUMO SACERDOTE

EN 1844 EL PUEBLO no estaba aún preparado para ir al encuentro de su Señor. Todavía le quedaba una obra de preparación que cumplir. Debía serle comunicada una luz que dirigiría su espíritu hacia el templo de Dios en el cielo; y mientras siguiera allí por fe a su Sumo Sacerdote en el desempeño de su ministerio se le revelarían nuevos deberes. Había de darse a la iglesia otro mensaje de aviso e instrucción.

El profeta dice: «¿Pero quién podrá soportar el tiempo de su venida? o ¿quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador y como jabón de lavadores. Él se sentará para afinar y limpiar la plata: limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia» (Mal. 3: 2-3). Los que vivan en la tierra cuando cese la intercesión de Cristo en el santuario celestial deberán estar en pie en la presencia del Dios santo sin mediador. Sus vestiduras deberán estar sin mácula; sus caracteres, purificados de todo pecado por la sangre de la aspersión. Por la gracia de Dios y sus propios y diligentes esfuerzos deberán ser vencedores en la lucha con el mal. Mientras se prosigue el juicio investigador en el cielo, mientras que los pecados de los creyentes arrepentidos son quitados del santuario, debe llevarse a cabo una obra especial de purificación, de liberación del pecado, entre el pueblo de Dios en la tierra. Esta obra se presenta con mayor claridad en los mensajes del capítulo 14 del Apocalipsis.

Cuando esta obra haya quedado consumada, los discípulos de Cristo estarán listos para su venida. «Entonces será grata a Jehová la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos» (Mal. 3:4). Entonces la iglesia que nuestro Señor recibirá para sí será una «una iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada parecido» (Efe. 5:27). Entonces ella aparecerá «como el alba, hermosa como la luna, radiante como el sol, imponente como ejércitos en orden de batalla» (Cant. 6: 10).

Además de la venida del Señor a su templo, Malaquías predica también su segundo advenimiento, su venida para la ejecución del juicio.- El conflicto de los siglos, cap. 25, pp. 420-421.


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