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Del templo terrenal al celestial

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«El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo». Mateo 27: 51

JESÚS, NUESTRO SUMO SACERDOTE

EN VIRTUD DE SU MUERTE y resurrección, pasó a ser «ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre» (Heb.8:2, RVA). Los seres humanos habían construido el tabernáculo, y luego el templo; pero el santuario celestial, del cual el terrenal era una figura, no fue construido por arquitecto humano. «Aquí está el varón cuyo nombre es el Renuevo; [...] Él edificará el templo de Jehová, tendrá gloria, se sentará y dominará en su trono» (Zac. 6:12-13).

Las ceremonias y sacrificios que habían señalado a Cristo pasaron: pero los ojos de los seres humanos fueron dirigidos al verdadero sacrificio por los pecados del mundo. Cesó el sacerdocio terrenal, pero miramos a Jesús, mediador del nuevo pacto, y «a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel» (Heb. 12:24). «Aún no se había abierto el camino al Lugar santísimo, entre tanto que la primera parte del Tabernáculo estuviera en pie, [...] Pero estando ya presente Cristo, Sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, [...] sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención» (Heb. 9: 8-12).

«Por eso puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos» (Heb. 7:25). Aunque el ministerio había de ser trasladado del templo terrenal al celestial, aunque el santuario y nuestro gran Sumo Sacerdote fueran invisibles para los ojos humanos, los discípulos no habían de sufrir pérdida por ello. No sufrirían interrupción en su comunión, ni disminución de poder por causa de la ausencia del Salvador. Mientras Jesús ministra en el santuario celestial, es siempre por su Espíritu el ministro de la iglesia en la tierra. Está oculto a la vista, pero se cumple la promesa que hiciera al partir: «Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mat. 28: 20, DHH). Aunque delega su poder a ministros inferiores, su presencia vivificadora está todavía con su iglesia.

«Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios, tenemos un gran Sumo Sacerdote [...], aferrémonos a la fe que profesamos. [...] Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitemos» (Heb. 4: 14-16, NVI).- El Deseado de todas las gentes, cap. 16, pp. 142-143.


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