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El egoísmo, la raíz del pecado

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«Sobre las alturas de las nubes subiré y seré semejante al Altísimo». Isaías 14: 14

EL GRAN CONFLICTO

HUBO UN SER que prefirió pervertir la libertad que reinaba en el cielo. El pecado nació en aquel que, después de Cristo, había sido el más honrado por Dios y el más exaltado en honor y en gloria entre los habitantes del cielo. Antes de su caída, Lucifer era el primero de los querubines que cubrían el propiciatorio Santo y sin mácula. «Esto dice el Señor: Tú eras modelo de perfección, lleno de sabiduría y de perfecta belleza. Estabas en Edén, el jardín de Dios, adornado de toda clase de piedras preciosas [...]. Te dejé al cuidado de un ser alado, estabas en el monte santo de Dios y caminabas entre las estrellas. Tu conducta fue perfecta desde el día en que fuiste creado hasta que apareció en ti la maldad» (Eze. 28: 12-15, DHH).

Lucifer habría podido seguir gozando del favor de Dios, amado y honrado por toda la hueste angélica, empleando sus nobles facultades para beneficiar a los demás y para glorificar a su Creador. Pero el profeta dice: «Tu belleza te llenó de orgullo; tu esplendor echó a perder tu sabiduría» (vers. 17, DHH). Poco a poco, Lucifer se abandonó al deseo de la propia exaltación. ... En lugar de procurar que Dios fuera el objeto principal de los afectos y de la obediencia de sus criaturas, Lucifer se esforzó por ganar para sí el servicio y el homenaje de ellas. Y, codiciando los honores que el Padre Infinito había concedido a su Hijo, este príncipe de los ángeles aspiraba a un poder que solo Cristo tenía derecho a ejercer

El cielo entero se había regocijado en reflejar la gloria del Creador y entonar sus alabanzas. Y mientras Dios era así honrado, todo era paz y dicha. Pero una nota discordante vino a romper las armonías celestiales. El amor y la exaltación de sí mismo, contrarios al plan del Creador, despertaron presentimientos del mal en las mentes de aquellos entre quienes la gloria de Dios lo superaba todo. Los consejos celestiales citaron a Lucifer. El Hijo de Dios le hizo presentes la grandeza, la bondad y la justicia del Creador, y la naturaleza sagrada e inmutable de su ley, Dios mis no había establecido el orden del cielo y, al Lucifer apartarse de él, iba a deshonrar a su Creador y a atraer la ruina sobre sí mismo. Pero la amonestación dada con un espíritu de amor y misericordia infinitos, solo despertó espíritu de resistencia. Lucifer dejó prevalecer sus celos y su rivalidad con Cristo, y se volvió aún más obstinado.- El conflicto de los siglos, cap. 30, pp. 484-485.


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