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Una salvaguardia eterna

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«¡La calamidad no se repetirá!». Nahúm 1: 9, NVI

EL GRAN CONFLICTO

LA REBELDÍA DE STANÁS, como un testimonio perpetuo de la naturaleza y de los resultados terribles del pecado, debía servir de lección al universo en todo el curso de las edades futuras. La obra del gobierno de Satanás, sus efectos sobre la humanidad y los ángeles, dejarían claros los resultados del desprecio de la autoridad divina. Demostrarían que de la existencia del gobierno de Dios y de su ley depende el bienestar de todas las criaturas que él ha formado. De este modo, la historia del terrible experimento de la rebeldía, sería para todos los seres santos una salvaguardia eterna destinada a precaverlos contra todo engaño respecto a la índole de la transgresión, y a guardarlos de cometer pecado y de sufrir el castigo consiguiente.

El gran usurpador siguió justificándose hasta el fin mismo de la controversia en el cielo. Cuando se dio a conocer que, junto a todos sus secuaces, iba a ser expulsado de las moradas de la dicha, el jefe rebelde declaró audazmente su desprecio de la ley del Creador. Reiteró su aserto de que los ángeles no necesitaban sujeción, sino que había que dejarlos seguir su propia voluntad, que los dirigiría siempre bien. Denunció los estatutos divinos como restricción de su libertad y declaró que el objeto que él perseguía era asegurar la abolición de la ley para que, libres de esta traba, las huestes del cielo pudieran alcanzar un grado de existencia más elevado y glorioso.

De común acuerdo Satanás y sus seguidores culparon a Cristo de su rebelión, declarando que si no hubieran sido censurados, no se habrían rebelado. Así, obstinados y arrogantes en su deslealtad, vanamente empecinados en trastornar el gobierno de Dios, al mismo tiempo que en son de blasfemia, decían ser ellos mismos víctimas inocentes de un poder opresivo, el gran rebelde y todos sus secuaces fueron al fin echados del cielo.

El mismo espíritu que fomentara la rebelión en el cielo continúa inspirándolo en la tierra. Satanás ha seguido con los seres humanos la misma política que siguió con los ángeles. Su espíritu impera ahora en los hijos de la desobediencia. Como él, tratan estos de romper el freno de la ley de Dios, y prometen la libertad mediante la transgresión de los preceptos de aquella. La reprensión del pecado despierta aún el espíritu de odio y resistencia. Cuando los mensajeros que Dios envía para amonestar tocan a la conciencia, Satanás induce a la humanidad a que se justifique ya que busque el apoyo de otros en su camino de pecado. En lugar de enmendar sus errores, despiertan la indignación contra el que los reprende, como si este fuera la única causa de la dificultad. Desde los días del justo Abel hasta los nuestros, tal ha sido el espíritu que se ha manifestado contra quienes osaron condenar el pecado.- El conflicto de los siglos, cap. 30, pp. 489-490.


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