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El fin del tiempo de prueba

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«Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia». Hebreos 12: 28

EL GRAN CONFLICTO

CUANDO JESÚS deje de interceder por el ser humano, los casos de todos habrán quedado decididos para siempre. Este es el momento cuando sus siervos deben rendir cuentas. Para los que no se han preparado en pureza y santidad, que los capacitaría para encontrarse entre los que aguardan para dar la bienvenida a su Señor, el sol se pone en medio de pesar y tinieblas, para no salir nunca más. El tiempo de prueba termina; la intercesión de Cristo cesa en el cielo. Ese momento por fin llega repentinamente sobre todos, y los que no purificaron sus almas por la obediencia a la verdad, estarán durmiendo. Se cansaron de esperar y velar; se volvieron indiferentes con respecto al regreso de su Maestro. No anhelaban su aparición, y creyeron que no era necesaria esa vigilancia constante y perseverante. Se han sentido desilusionados en sus expectativas, y eso podría ocurrirles de nuevo. Llegaron a la conclusión de que aún había tiempo para despertar. Querían estar seguros de no perder la oportunidad de obtener un tesoro terrenal. Sería prudente obtener todo lo posible de este mundo. Y al tratar de lograr ese objetivo, perdieron todo su deseo y su interés en la aparición de su Maestro. Se volvieron indiferentes, y descuidados, como si su venida estuviera todavía muy lejos. Pero mientras su interés quedaba sepultado debajo de las ganancias mundanales, la obra terminó en el santuario celestial, y ellos no estaban preparados.

Si hubieran sabido que la obra de Cristo en el santuario celestial iba a terminar tan pronto, ¡qué diferente habría sido su comportamiento! ¡Con cuánto fervor habrían velado! El Maestro, al anticipar todo esto, les dio una oportuna advertencia en la orden de velar. Definidamente describe cuán repentina será su venida. No nos dio la fecha para que no descuidemos nuestra preparación, y en nuestra indolencia esperemos el momento cuando nos parece que va a venir, para postergar nuestra preparación. «Por tanto, velen [...], porque no saben en qué día viene su Señor» (Mat. 24: 42, NBLH). Y a pesar de que esta incertidumbre fue predicha, junto con el carácter repentino de su venida, no salimos de nuestro sueño para dedicarnos a una ferviente vigilancia, y para acentuar nuestra disposición a esperar al Maestro. Los que no estén esperando y vigilando, serán sorprendidos finalmente en su infidelidad. El Maestro viene, y en lugar de estar listos para abrirle la puerta inmediatamente, muchos están sumidos en un letargo mundano, y finalmente se perderán.

Se me presentó otro grupo que contrastaba con el que acabo de describir. Estos estaban esperando y velando. Sus ojos se dirigían al cielo, y las palabras de su Maestro brotaban de sus labios: «Y lo que a ustedes digo, a todos digo: ¡Velen!» (Mar. 13:37, NBLH).- Testimonios para la iglesia, t. 2, pp. 173-174.


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