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Joyas de Dios

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«Los perdonaré como un hombre perdona al hijo que lo sirve». Malaquías 3: 17

DE VUELTA AL HOGAR

EL OJO DE DIOS, al mirar al través de las edades, se fijó en la crisis a la cual tendrá que hacer frente su pueblo, cuando los poderes de la tierra se unan contra él. Como desterrados cautivos, temerán morir de hambre o por la violencia. Pero el Dios santo que dividió las aguas del Mar Rojo delante de los israelitas manifestará su gran poder libertándolos de su cautiverio. «Ellos serán mi pueblo -dice el Señor de los ejércitos Celestiales-. El día en que yo venga para juzgar, serán mi tesoro especial. Les tendré compasión así como un padre le muestra compasión a un hijo obediente» (Mal. 3: 17, NTV). Si la sangre de los fieles siervos de Cristo fuera entonces derramada, no sería ya, como la sangre de los mártires, semilla destinada a dar una cosecha para Dios. Su fidelidad no sería ya un testimonio para convencer a otros de la verdad, pues los corazones endurecidos han rechazado los llamamientos de la misericordia hasta que ya no se dejan oír. Si los justos cayeran entonces presa de sus enemigos, sería un triunfo para el príncipe de las tinieblas. [...]

Cuando los que honran la ley de Dios hayan sido privados de la protección de las leyes humanas, empezará en varios países un movimiento simultáneo para destruirlos. Conforme vaya acercándose el tiempo señalado en el decreto, el pueblo conspirará para extirpar la secta aborrecida. Se acordará dar en una noche el golpe decisivo, que reducirá completamente al silencio la voz disidente y reprensora. El pueblo de Dios, algunos en las celdas de las cárceles, otros escondidos en ignorados escondrijos de bosques y montañas; invoca aún la protección divina, mientras que por todas partes compañías de hombres armados, instigados por legiones de ángeles malos, se disponen a emprender la obra de muerte. Entonces, en la hora de supremo apuro, es cuando el Dios de Israel intervendrá para librar a sus escogidos. [...]

Multitudes de seres humanos perversos, profiriendo gritos de triunfo, burlas e imprecaciones, están a punto de arrojarse sobre su presa, cuando de pronto densas tinieblas, más sombrías que la oscuridad de la noche, caen sobre la tierra. Luego, un arcoíris que refleja la gloria del trono de Dios se extiende de un lado a otro del cielo, y parece envolver a todos los grupos en oración. Las multitudes encolerizadas se sienten contenidas en el acto. Sus gritos de burla expiran en sus labios. Olvidan el objeto de su ira sanguinaria. Con terribles presentimientos contemplan el símbolo de la alianza divina, y ansían ser amparadas de su deslumbrante claridad.- El conflicto de los siglos, cap. 40, pp. 616-617; cap. 41, pp. 619-620.


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