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Como islas

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"Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo" (Apocalipsis 1: 9).

Por pelearse con el capitán del barco, el corsario Alexander Selkirk fue abandonado a su suerte en una isla desierta de Chile. Lo que parecía ser momentáneo se extendió por cuatro años y cuatro meses. El 2 de febrero de 1709, fue rescatado por el barco inglés Duke. Es probable que sus experiencias, junto con las de Pedro Serrano (quien naufragó en 1526), hayan inspirado a Daniel Defoe (que entrevistó al corsario), para crear el personaje de Robinson Crusoe.

Al comienzo, sobrevivió difícilmente a orillas del mar. Todo cambió al adentrarse en la isla, construyó una choza y se organizó para obtener agua y comida. ¿Cómo hizo para no enloquecer durante más de cuatro años de soledad? Leía diariamente la Biblia, donde encontraba esperanza, y cantaba salmos. Cuando William Dampier, capitán del Duke, lo encontró allí, solo, en la isla, lo sorprendió el vigor físico de Selkirk pero, principalmente, su paz mental. El secreto fue la Biblia, fuente de consuelo y esperanza para el marino abandonado.

De varias maneras, podemos sentirnos como Selkirk. Frecuentemente, encuentro personas que, aunque rodeadas de gente, sienten tanta soledad como Selkirk. Viven en un mar de personas, pero en sus propias "islas", sin contacto significativo con los demás. Sí, hay soledad en medio del Pacífico, y también en medio de una sociedad que nos aísla, aliena y automatiza. Vivimos en esta isla llamada Tierra, separados de otros mundos por causa del pecado. Solo aquí existen el mal, el dolo, el sufrimiento y la muerte. Estamos en "cuarentena", confinados aquí, donde Satanás es príncipe y reina la maldad. La similitud es perfecta. No hay otro lugar que la Biblia, donde podamos encontrar consuelo y esperanza. Allí se revela que existe esperanza más allá de este mundo doloroso. Primordialmente, enfatiza que, muy pronto, Jesús mismo, el Capitán del universo, vendrá a rescatar a quienes le entregaron su corazón.

Este es el momento culminante de la historia. Entonces, los muertos en Cristo resucitarán primero, y quienes estemos vivos seremos arrebatados con ellos (1 Tes. 4:15-17). En ese instante, seremos transformados: nuestros cuerpos serán glorificados y ya no habrá más rastros de nuestro confinamiento en la "isla del mal".

Tristemente, no todos conocen estas buenas nuevas; no todos viven como si el dolor y el sufrimiento fueran pasajeros. No todos encuentran esperanza en Cristo, porque ni siquiera lo conocen. Hoy tienes el privilegio de ayudar en el gran plan de salvación de la humanidad, bajo las órdenes del gran Capitán. ¿Qué esperas para ayudar a salvar a otros? MB


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