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"Así que Dios creó a los seres humanos a su propia imagen. A imagen de Dios los creó" (Génesis 1: 27, NTV).

Como la gran mayoría de los personajes que estamos recordando, él tuvo una ida marcada por claroscuros. Si bien su oposición a la discriminación racial se mantuvo a lo largo de su vida, pasó de terrorista a primer presidente negro de Sudáfrica. Nelson Mandela figura entre las personalidades más recordadas de las últimas décadas.

Nelson Rollihlahla Mandela fue abogado, activista contra el apartheid, político y filántropo sudafricano, que fue presidente entre 1994 y 1999. Fue el primer presidente de raza negra de su país, y el primero en resultar elegido tanto por blancos como por negros en un sufragio universal en Sudáfrica. Tuvo la delicada tarea de reorganizar la sociedad sudafricana, combatiendo el racismo, la pobreza y la desigualdad social, enquistados en cada institución social. Por su activismo, recibió más de 250 condecoraciones, incluyendo el Premio Nobel de la Paz en 1993, la Medalla de la Libertad del presidente de Estados Unidos y el Orden Soviético de Lenin.

El 11 de febrero de 1990, Mandela salió de prisión, tras pasar 27 años tras las rejas. Lejos de buscar revancha, se dedicó a buscar la reconciliación nacional. Como ejemplo, apoyó a la selección nacional de rugby, formada por blancos, durante la Copa Mundial de 1995, en Sudáfrica, con lo que buscaba integrar la minoría blanca y la mayoría negra. Se caracterizó por su firme voluntad de construir una nación para todos los sudafricanos, sin distinción de raza. Por esto, es considerado el "padre" de la nación sudafricana.

La figura de Mandela entró en la historia como encarnación de la lucha por la libertad y la justicia. Último de una generación que incluyó a Mahatma Gandhi y Martin Luther King Jr., se dedicó a recalcar que, más allá del color de piel, la condición social, la educación recibida, el lugar donde habitemos o nuestro dinero, todos somos seres humanos creados a imagen y semejanza de Dios. Esta condición de criaturas y más que eso, de hijos de Dios, nos otorga una dignidad que traspasa todo intento de clasifica, denigrar y discriminar.

Aprendamos a descubrir en el otro esa chispa divina que nos hace copartícipes con Cristo de una humanidad que, aunque caída, es objeto de atención de la Divinidad. Cada ser humano es tan valioso para Dios que Cristo habría venido a esta Tierra a morir solo por él.

Hoy, podemos seguir el ejemplo de Cristo, que no solo se dedicó a restaurar la dignidad humana en los desplazados y segregados; también, al predicar a las personas sobre Cristo, podemos conseguir que esa imagen de Dios sea restaurada en ellas. MB


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